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miércoles, 4 de septiembre de 2024

Reaviva el don


Reaviva el don 

(cf. 2 Tim 1,6) 

Orientaciones para la formación permanente de los presbíteros 


INDICE

Presentación 

1. ¿Formarnos? 

2. Lo que no puede faltar… 

1. “A ustedes los llamo amigos…” (Jn 15,15) 

2. “Llevamos este tesoro en vasijas de barro” (2 Co 12,9) 

3. “Quien quiera seguirme…” (Lc 9,23) 

4. “Yo he venido para que ustedes tengan Vida, y la tengan en abundancia…” (Jn 10,10) 

5. “El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto” (Jn 15,5) 

6. “Yo estaré siempre con ustedes…” (Mt 28,20) 

7. “Apacienta a mis ovejas…” (Jn 21,17) 

8. “En esto reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros” (Jn 13,35) 

9. “Lo vio y se compadeció…” (Lc 10,33) 

10. “Vengan a mí cuando estén cansados y agobiados, que yo los aliviaré” (Mt 11,28) 

11. “Aquí tienes a tu madre” (Jn 19,27) 

3. Las etapas de la vida ministerial 

3.1 Los primeros años: Hasta los 15 años de ministerio 

- Los primeros 5 años 

- De los 6 a los 15 años de ministerio 

3.2 La mediana edad presbiteral. De los 16 a los 25 años de ministerio 

- La mediana edad 

- Memoria creyente y resignificación de lo vivido 

- Vínculos y cercanías 

- Dimensión pascual de nuestras vidas 

3.3 La etapa de los adultos mayores. Más de 25 años de ministerio 

- Fragilidad y kénosis 

- Tiempo de sabiduría 

3.4 Los mayores de 75 años 

- Volver al propio corazón 

- Serena acogida de la realidad 

- Testigo del amor de Cristo 

- El servicio fecundo de la oración 

- Hacia la total identificación con Cristo 

- El servicio de la pastoral sacerdotal

4. Agentes de la formación permanente 

- El propio presbítero 

- El obispo 

- El presbiterio 

- El equipo de pastoral sacerdotal 

- Instancias interdisciplinares 

- El Pueblo de Dios


PRESENTACIÓN 

Queridos hermanos sacerdotes: 

Conscientes de nuestra responsabilidad de acompañarlos en el camino común del seguimiento de Cristo, Buen Pastor, los Obispos de la CEMIN ofrecemos a los presbíteros de nuestra patria estas “Orientaciones para la formación permanente de los presbíteros”.

Ellas están destinadas, ante todo, al aprovechamiento personal de cada uno, pero quisiéramos que sirvieran también, en cada Diócesis, para que el Equipo de pastoral sacerdotal discierna, junto su Obispo, las iniciativas que considere adecuadas para seguir recorriendo ese camino formativo que dura toda la vida. A su vez contemplamos este itinerario personal como un desafío a ser vivido y celebrado en la fraternidad del presbiterio. 

Deseamos que cada uno tome estas orientaciones como una invitación personal a dejarse interpelar por la llamada del Señor, que nos pide una renovada y madurada respuesta de amor, en la entrega cotidiana al Pueblo de Dios que se nos encomienda. 

Nos animan estas palabras del Papa Francisco: «Tenemos que decirlo con fuerza: si uno no se deja formar cada día por el Señor, se vuelve un cura apagado, que se arrastra en el ministerio por inercia, sin entusiasmo por el Evangelio, ni pasión por el Pueblo de Dios. En vez, el cura que día a día se encomienda en las manos del Alfarero, conserva en el tiempo el entusiasmo del corazón, acoge con alegría el frescor del Evangelio, habla con palabras capaces de tocar la vida de la gente; y sus manos, ungidas por el Obispo en el día de su Ordenación, son capaces de ungir a su vez las heridas, las expectativas y las esperanzas del Pueblo de Dios» [FRANCISCO, Discurso en el Encuentro Internacional promovido por la Congregación para el Clero, sobre la “Ratio Fundamentalis” (7 de octubre de 2017)]. 

Agradezco a la Comisión Redactora de estas “Orientaciones” el trabajo que ha realizado con tanta pasión y cariño, y que se ofrece hoy a todos los presbíteros de la Argentina. Lo ponemos bajo el cuidado de nuestra Madre, la Santísima Virgen María, Madre de los Sacerdotes, y de nuestro Patrono, el Santo Cura Brochero. 

 + Mons. César Daniel Fernández
Obispo de Jujuy 
Presidente de la CEMIN 


1. ¿Formarnos? 

Cuando los primeros discípulos reciben la llamada de Jesús, no podían imaginar que el seguimiento del Señor comportaría para ellos un itinerario de crecimiento humano, espiritual y pastoral en el que irían profundizando la fe, purificando su esperanza y madurando su caridad. Ese proceso se prolongaría hasta el último día de sus vidas. Sería la muerte misma la que terminaría de conformarlos con Cristo. 

Tampoco nosotros, cuando fuimos llamados a la vida sacerdotal, éramos capaces de vislumbrar que, partiendo de esa experiencia fundante, el Padre comenzaría a formarnos, por la acción del Espíritu en nuestras vidas, para que pudiéramos hacer presente la imagen de su Hijo, el Buen Pastor, en medio de su Pueblo. La imagen bíblica del alfarero es muy adecuada para entender esto, porque permite pensar la formación permanente (FP) no ya como algo que estamos llamados a realizar primariamente nosotros sino como algo que - si se lo permitimos- Dios obra en cada uno de nosotros: es el Padre creador, quien a través de su Espíritu sigue formándonos –dándonos forma–, “alfarereándonos” –por utilizar una expresión del Papa Francisco– para plasmar en nosotros los sentimientos, actitudes y comportamientos “que son propios de Jesucristo, Cabeza y Pastor de la Iglesia, y que se compendian en su caridad pastoral” [JUAN PABLO II, Exhort. Ap. “Pastores dabo vobis”, 21]. Y lo realiza de modo permanente a través de las múltiples ocasiones y provocaciones que el ejercicio del ministerio ofrece cada día. Todo puede transformarse en mediación formativa, leído en la fe. No existe ninguna situación o contexto humano por limitado o negativo que sea, que no pueda ser mediación misteriosa de la acción formativa de Dios. De tal modo que podríamos decir, con el profeta Isaías: “Tú, Señor, eres nuestro padre, nosotros somos la arcilla, y tú, nuestro alfarero: ¡todos somos la obra de tus manos!” (Is 64,7). 

Con todo, si bien es Dios quien nos forma, a nosotros nos toca cooperar, abriéndonos a la acción de Dios como respuesta a su llamada. La apertura y disponibilidad a la formación permanente no es sino la respuesta que a lo largo de toda la vida le ofrece a Dios quien ha sido llamado por Él. La respuesta a una alianza propuesta por Quien nos llama, vivida en el tiempo como Historia personal de Salvación. Cualquiera sea el lugar del camino en el que cada uno de nosotros se encuentre ahora, estamos llamados a seguir haciéndonos cargo de ese don precioso que es la vocación, en orden a continuar custodiándolo, cultivándolo y haciéndolo fructificar [Se saca así la formación permanente del abordaje que a menudo la ha caracterizado, que llevaba a decir que, frente a un mundo que vive evolucionando, es imprescindible “permanecer actualizados”. Y por eso la necesidad de seguir formándonos. Esto reducía la formación permanente a intervenciones ocasionales y fragmentarias mediante encuentros, cursos, retiros, talleres a los que se asistía como instancias extraordinarias para continuar y completar los conocimientos que se habían recibido en la formación inicial tanto en el ámbito doctrinal, espiritual, afectivo o pastoral].

Sabemos que una de las categorías que mejor expresa en el Evangelio al discipulado cristiano es la del seguimiento. Y el seguimiento muestra muy bien el carácter ordinario, cotidiano y continuo de la formación permanente. Es más, podríamos decir que seguimiento y formación permanente en algún sentido se identifican. 

De este modo, la respuesta se convierte en una experiencia continua que acompaña toda nuestra vida. El sí, el “hágase” que cada uno de nosotros dio en el origen de su vocación está llamado a ser profundizado, madurado y renovado cada día. Y ese es el alma de la formación permanente. 

 Para esto, hay que entender la llamada del Señor no ya como algo singular, acontecido y lejano en nuestra historia personal, sino como algo que acontece, se renueva y revive a través de nuestra vida concreta de cada día. Es entonces la vida cotidiana la que ha de provocarnos y seguir formándonos, a través de los múltiples retos y oportunidades que nos pone delante. Esto supone según enseña Amedeo Cencini, una actitud peculiar, que es la docibilitas (se acentúa en la segunda i= docibílitas), es decir, “la disponibilidad continua e inteligente, activa y pasiva, para aprender de la vida, durante toda la vida”. 

Así las cosas, la formación permanente tiene dos dimensiones, una ordinaria y otra extraordinaria: la ordinaria, que forma parte de la vida diaria y que se refiere a todos sin distinción, la llevamos a cabo como autoformación, y la extraordinaria, que se expresa en acciones particulares y ocasionales, por iniciativa de la institución eclesial, y puede diferenciarse según las sucesivas fases de la vida. A esta última dimensión se refiere la pastoral sacerdotal, la cual, antes que con actividades planificadas –por cierto, siempre necesarias–, tiene su inicio y sostén imprescindible en el diálogo y acompañamiento que el obispo establece con cada uno de los miembros de su presbiterio, algo que nadie puede reemplazar y que, se diga o no, todos esperan. 

Un proyecto de FP debería comprender estas dos dimensiones, siendo la primera –la FP como autoformación- la más decisiva, ya que es la que dispone positivamente para la segunda. Pero también la segunda tiene importancia a fin de ofrecer un marco que garantice el crecimiento en todas las dimensiones, favoreciendo a su vez la dimensión comunitaria en el camino de la formación continua. No perdamos de vista tampoco que, contra la cómoda idea de “que cada cual se haga cargo”, la institución ha de promover, motivar, favorecer el que cada uno aprecie, desarrolle y custodie su propia formación. El Santo Pueblo fiel de Dios, por su parte, así lo espera y reclama cuando acompaña con su cariño y su sostén nuestra propia vocación y misión. 

Para una mejor comprensión de la orientación que la Iglesia quiere darle actualmente al vínculo entre la formación inicial y la permanente, y el modo como entiende ésta última, es iluminador lo que presenta la nueva Ratio de formación sacerdotal: “La formación del sacerdote es la continuación de un único «camino discipular», que comienza con el Bautismo, se perfecciona con los otros sacramentos de iniciación cristiana, es reconocido como centro de la vida en el momento del ingreso al Seminario, y continúa durante toda la vida” [CONGREGACIÓN PARA EL CLERO, El don de la vocación presbiteral (Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis), Introducción]. No sólo la formación permanente no se reduce aquí a una mera actualización teológica o pastoral; tampoco se la concibe ya como una suerte de “complemento” facultativo de la formación inicial, sino en indisoluble relación con ella, invirtiéndose en cierto sentido la subordinación preexistente: no es la permanente la que viene a completar la formación inicial, sino la inicial la que se incorpora al proceso de formación permanente, que tiene su punto de partida en el Bautismo y nos acompañará durante toda nuestra vida terrena. Por eso la permanente es concebida como el vientre, la idea-madre de toda la formación, que contiene, orienta y anima la inicial, y abraza por sí misma toda la vida. La formación inicial debe sembrar en la persona la aptitud para dejarse formar por la vida durante toda la vida. Es decir, despertar la “docibilitas”

La formación permanente, de este modo, procura garantizar la fidelidad del presbítero en un camino de continua conversión, para reavivar y hacer madurar el don recibido en la ordenación. Podemos así acoger también nosotros lo dicho por Pablo a Timoteo: “Reaviva el don de Dios que has recibido por la imposición de mis manos” (2 Tim 1,6). 

Lo que aquí ofreceremos son simples orientaciones, que luego cada uno deberá ver de qué modo puede aprovechar, así como se deberá discernir, en cada presbiterio, según sus posibilidades y necesidades, de qué modo pueden ser asumidas y concretadas. Es importante para esto último la existencia en cada diócesis de un equipo de pastoral sacerdotal que, junto al obispo, haga este discernimiento, y favorezca la formación permanente de sus hermanos, animando el camino de crecimiento personal y proponiendo acciones comunes desde el cuerpo presbiteral. 


2. Lo que no puede faltar… 

Si lo que buscamos es mantener viva la llama de la caridad pastoral en nuestros corazones, es preciso verificar que siga ardiendo a través de lo que no puede faltar en nuestras vidas. Será así como podremos ser reflejo de la presencia del Buen Pastor en medio de su Pueblo. 

1. “A ustedes los llamo amigos…” (Jn 15,15) 

Del mismo modo que lo hizo con sus primeros discípulos, Jesús, al llamarnos, encendió un ardor misterioso en nuestros corazones, atrayéndonos para que estuviéramos con él y para enviarnos a predicar y a ser sus testigos (cf. Mc 3,14; Mt 4,18-22). No nos introducía así sólo a una tarea sino ante todo a una relación: “Yo los llamo amigos” (Jn 15,15). Por eso la caridad pastoral “se refiere primariamente a Jesucristo: solamente si ama y sirve a Cristo Cabeza y Esposo, la caridad se hace fuente, criterio, medida, impulso del amor y del servicio del sacerdote a la Iglesia, cuerpo y esposa de Cristo”. [JUAN PABLO II, Exhort. Ap. “Pastores dabo vobis”, 23]

Recordaba Joseph Ratzinger, en este sentido, que “hacerse sacerdote significa, en primer lugar, entrar en relación con Jesús, conocerlo, no de segunda mano, sino de primera mano, por la propia convivencia con él. Conocerlo bien significa siempre también amarlo, llegar a ser su amigo. En definitiva, el ministerio sacerdotal consiste en vivir en esa amistad y en llevar a otros a la amistad con él, en llevarlos a la comunidad de amigos de Jesús que denominamos Iglesia, y, de ese modo, a la amistad verdaderamente firme, que llega hasta la eternidad” [J. RATZINGER, El centro íntimo de la vida sacerdotal (Homilía en los 25 años de sacerdote del P. Martín Bialas, Swarzenfeld 1993), en J. RATZINGER – BENEDICTO XVI, Enseñar y aprender el amor de Dios, Madrid 2018, 261]Ya siendo Papa, nos recordaba Benedicto que “el núcleo del sacerdocio es ser amigos de Jesucristo. Sólo así podemos hablar verdaderamente in persona Christi, aunque nuestra lejanía interior de Cristo no puede poner en peligro la validez del Sacramento. Ser amigo de Jesús, ser sacerdote significa, por tanto, ser hombre de oración. Así lo reconocemos y salimos de la ignorancia de los simples siervos. Así aprendemos a vivir, a sufrir y a obrar con él y por él” [BENEDICTO XVI, Homilía Misa Crismal 2006].

El padre Lucio Gera, hablando a un grupo de sacerdotes en tiempos bien difíciles, les decía: “Siempre, pero sobre todo en las pruebas, debemos volver a esos momentos luminosos en que experimentamos el llamado del Señor a consagrar toda nuestra vida a su servicio”. Lo mismo nos propone el Papa Francisco, cuando nos llama a saber “volver a Galilea”: “Galilea es el lugar de la primera llamada, donde todo empezó. Volver allí, volver al lugar de la primera llamada. Jesús pasó por la orilla del lago, mientras los pescadores estaban arreglando las redes. Los llamó, y ellos lo dejaron todo y lo siguieron (cf. Mt 4,18-22). […] También para cada uno de nosotros hay una «Galilea» en el comienzo del camino con Jesús […]: la experiencia del encuentro personal con Jesucristo, que me ha llamado a seguirlo y participar en su misión. En este sentido, volver a Galilea significa custodiar en el corazón la memoria viva de esta llamada, cuando Jesús pasó por mi camino, me miró con misericordia, me pidió seguirlo; volver a Galilea significa recuperar la memoria de aquel momento en el que sus ojos se cruzaron con los míos, el momento en que me hizo sentir que me amaba. […] El evangelio es claro: es necesario volver allí, para ver a Jesús resucitado, y convertirse en testigos de su resurrección. No es un volver atrás, no es una nostalgia. Es volver al primer amor, para recibir el fuego que Jesús ha encendido en el mundo, y llevarlo a todos, a todos los extremos de la tierra. Volver a Galilea sin miedo” [FRANCISCO, Homilía en la Vigilia Pascual 2014]. Es allí, en el encuentro con Jesús –al igual que él lo hacía al ir al encuentro del Padre–, donde podremos reencontrar y renovar la motivación que sostiene y anima nuestra misión, así como también la gratuidad de nuestra entrega. 

2. “Llevamos ese tesoro en recipientes de barro” (2 Cor 4,7) 

Ya los primeros discípulos supieron, por experiencia, de su propia fragilidad y de la necesidad de la misericordia de Dios para poder seguir a Jesús. Siempre estuvieron lejos de la presunción de los fariseos, que pretendían llegar a vivir de modo tal que ya no necesitaran del perdón de Dios ni del de sus hermanos. No es nuestro caso, pues somos conscientes de que, si bien nuestro barro ha sido transfigurado por la gracia, seguimos siendo de barro. Decía el Papa Benedicto XVI: “Una de mis oraciones preferidas es la petición que la liturgia pone en nuestros labios antes de la Comunión: «Jamás permitas que me separe de ti». Pedimos no caer nunca fuera de la comunión con su Cuerpo, con Cristo mismo; no caer nunca fuera del misterio eucarístico. Pedimos que él no suelte nunca nuestra mano...” [BENEDICTO XVI, Homilía Misa Crismal 2006].

Nos alienta, igualmente, y nos abre a la esperanza, la convicción de que, más allá de nuestras debilidades y pecados, Dios siempre “nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría” [FRANCISCO, Exhort. Ap. “Evangelii Gaudium”, 3]. Una certeza que nos hace posible evitar la resignación y el desaliento, así como también la tentación del aislamiento cuando atravesamos por dificultades o tribulaciones. La misericordia de Dios y la de nuestros hermanos nos reabre el futuro y hace posible a cada uno, más allá de sus debilidades o contradicciones, seguir recorriendo un camino de santidad. 

El Papa Francisco nos recuerda que “Jesús no se rinde, no se cansa de nosotros, no tiene miedo de nuestras crisis y de nuestras debilidades. Él siempre vuelve: cuando se cierran las puertas, vuelve; cuando dudamos, vuelve; cuando, como Tomás, necesitamos encontrarlo y tocarlo más de cerca, vuelve. Jesús siempre vuelve, siempre toca la puerta, y no vuelve con signos poderosos que nos harían sentir pequeños e inadecuados, incluso avergonzados, sino con sus llagas; vuelve mostrándonos sus llagas, signos de su amor que ha hecho suyas nuestras fragilidades. […] Especialmente cuando experimentamos cansancios o momentos de crisis, Jesús, el Resucitado, desea volver para estar con nosotros. Sólo espera que lo busquemos, que lo invoquemos, incluso que protestemos, como Tomás, llevándole nuestras necesidades y nuestra incredulidad. Él siempre vuelve. ¿Por qué? Porque es paciente y misericordioso. Viene a abrir los cenáculos de nuestros miedos, nuestras incredulidades, porque siempre quiere darnos otra oportunidad. Jesús es el Señor de las “otras oportunidades”: siempre nos da otra, siempre. Pensemos entonces en la última vez –hagamos un poco de memoria– cuando, durante un momento difícil o un período de crisis, nos hemos encerrado en nosotros mismos, atrincherándonos en nuestros problemas y dejando a Jesús fuera de casa. Y prometámonos, la próxima vez, en nuestro cansancio, buscar a Jesús, volver a Él, a su perdón – ¡Él siempre perdona, siempre! –, regresar a esas llagas que nos han curado. De este modo, también seremos capaces de compasión, de acercarnos sin rigidez ni prejuicios a las llagas de los demás” [FRANCISCO, Regina Coeli (24 de abril de 2022)].

Si en algún momento la propia fragilidad nos llevara a caer, no nos quedemos rumiando la desolación, confiemos en la misericordia del Señor, que nunca se agota y todo lo renueva, y volvamos a él con humildad y confianza. Que esto nos lleve a solidarizarnos con la fragilidad de los demás, siendo para ellos testigos de la misericordia del Padre. 

De acuerdo con una tradición, el santo Cura Brochero decía que “el sacerdote que no tiene mucha lástima de los pecadores es medio sacerdote. Estos trapos benditos que llevo encima no son los que me hacen sacerdote; si no llevo en mi pecho la caridad, ni a cristiano llego”. A los sacerdotes que eran sus vicarios les comunicó por escrito que “cuanto más pecadores o más rudos o más inciviles sean mis feligreses, los han de tratar con más dulzura y amabilidad en el confesionario, en el púlpito y aun en el trato familiar” [Positio, tomo II, pág. 72: Obligaciones del Sr. Cura con sus Ayudantes (1875)]. Y a los que le reprocharon su conducta de llegarse a visitar a gente de mala vida (para invitarlos a hacer los Ejercicios), el Cura les contestaba: “La culpa la tiene nuestro Señor, que él obró de la misma manera y paraba en la casa de los pecadores para atraerlos a su Reino” [Positio, tomo II, pág. 55].

La experiencia de la fraternidad en el presbiterio, como lugar de contención y mutua ayuda es una gracia que no debemos descuidar. Y la consciencia de necesitarnos mutuamente es también signo de reconocer nuestro “barro”. El Papa Francisco nos recuerda “qué bien nos hacen las palabras del Eclesiastés: «Valen más dos juntos que uno solo… si caen, uno levanta a su compañero: pero ¡pobre del que está solo y se cae, sin tener nadie que lo levante!» (Ecl 4,9-10)” [FRANCISCO, Carta a los sacerdotes en el 160° aniversario de la muerte del Cura de Ars (4 de agosto de 2019)]¡Cuántas veces ha sido el saber recurrir a un hermano en el presbiterio lo que hizo posible a más de uno superar una crisis o un momento de sufrida oscuridad en medio del camino! 

Por otra parte, más allá de la ayuda que brinda a nuestra fragilidad el hecho de poder contar con otros en los momentos difíciles, es siempre necesario para el propio discernimiento y para nuestra maduración en el seguimiento del Señor, no dejar de buscar algún tipo de acompañamiento espiritual. Una práctica, por cierto, tan antigua como la Iglesia misma. De aquí que el Papa Francisco nos exhortara así a los sacerdotes: “Quisiera animarlos a no descuidar el acompañamiento espiritual, teniendo a algún hermano con quien charlar, confrontar, discutir y discernir en plena confianza y transparencia el propio camino; un hermano sapiente con quien hacer la experiencia de saberse discípulos. Búsquenlo, encuéntrenlo y disfruten de la alegría de dejarse cuidar, acompañar y aconsejar. Es una ayuda insustituible para poder vivir el ministerio haciendo la voluntad del Padre (cf. Heb 10,9) y dejar al corazón latir con “los mismos sentimientos de Cristo Jesús” (Flp 2,5)” [Ibíd. “Como en el relato evangélico del paralítico, a menudo somos sostenidos y curados gracias a la fe de otra persona (cf. Mc 2,1-5); que nos ayuda a avanzar, porque todos tenemos a veces parálisis interiores y hace falta alguien que nos ayude a superar ese conflicto con su ayuda. No vamos solos al Señor, recordémoslo; otras veces, somos nosotros quienes asumimos ese compromiso por otro hermano o hermana. Y somos acompañantes para ayudar al otro” (ID., Audiencia general del 4 de enero de 2023)].

3. “Quien quiera venir detrás de mí…” (Lc 9,23) 

La fidelidad a la llamada del Señor implica seguir dejándose formar por él a través de la vida, y a lo largo de toda la vida. A la generosidad de los comienzos ha de sucederle la disponibilidad para el seguimiento, según las exigencias propias de cada etapa de la vida. Con el paso de los años y el contraste de los ideales primeros con las dificultades y limitaciones de la realidad cotidiana, puede sobrevenir un desgaste que nos amenaza con la inercia y la tibieza; nos encontraremos entonces frente a la necesidad de volver a elegir “entre Jesús y el mundo, entre la heroicidad de la caridad y la mediocridad, entre la cruz y un cierto bienestar” [R. VOILLAUME, Por los caminos del mundo (La segunda llamada), Madrid 1962, 5], entre una vida verdaderamente evangélica y una cansina adhesión a los compromisos asumidos. “Aprender a franquear generosamente las etapas sucesivas del crecimiento de Cristo en nosotros es tan importante como haber empezado bien, abandonándolo todo para seguir a Jesús, en el momento de la primera llamada…” [Ibíd.]. Allí aparece claro que el seguimiento del Señor en la vocación recibida no se reduce a la respuesta ofrecida en nuestra experiencia vocacional primera, sino que incluye una larga maduración en la que el Señor nos introduce, como vemos que lo hizo ya con sus primeros discípulos. 

Esto pedirá asumir la dimensión pascual del seguimiento del Señor, conscientes de que “si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12,24). Al igual que a sus primeros discípulos, el Señor nos introduce por la fe en este misterio: “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá y el que pierda su vida por mí, la salvará” (Lc 9,23-24). Joseph Ratzinger nos recordaba que “hacerse sacerdote significa convertirse en diákonos Christou, convertirse en servidor de Cristo; y eso quiere decir no estar en el lugar propio, en el lugar buscado por mí mismo, por mi propio yo, sino estar allí donde Él está. Yo pienso que esta es propiamente la descripción más íntima del ministerio sacerdotal: estar donde Él está; buscarlo a Él, estar a disposición de Él, escucharle a Él, andar con Él, vivir con Él; y esto significa siempre estar inmersos en el misterio de la cruz y de la resurrección” [J. RATZINGER, Penetrar en el misterio del grano de trigo (Roma, San Pablo Extramuros, 1993), en J. RATZINGER – BENEDICTO XVI, Enseñar y aprender el amor de Dios, Madrid 2018, 84].

“No nos cansemos, no nos asustemos, no tengamos miedo –nos decía el Beato Cardenal Eduardo F. Pironio–. No somos nosotros los que hemos elegido el camino pascual de Jesús. Él nos ha elegido porque quiso, y nos ha elegido asegurándonos su permanente presencia hasta el final: “yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). Esto nos da mucha serenidad interior, pero a la vez nos compromete: Los destiné para que vayan y den fruto (Jn 15,16)” [E. PIRONIO, Cristo entre nosotros, Madrid 1998, 141]. Podemos reconocer, en este sentido, en nuestro camino, numerosas experiencias de fecundidad y de plenitud personal que estuvieron asociadas a momentos de cruz. Y si en esos momentos el Señor nos encontró disponibles, hemos podido verificar que no sólo nos hizo sentir su cercanía, sino que nos despertó a las exigencias de su seguimiento y, efectivamente, a una vida más plena y fructífera. 

Será preciso ir más allá de los dictados de la cultura consumista que introduce la necesidad de la gratificación inmediata, volviendo así muy frágil la disponibilidad para el servicio ministerial y la fidelidad a los compromisos contraídos. Es todo un signo al respecto que, en una sociedad y una cultura caracterizadas por lo revocable, los cristianos sigamos asumiendo compromisos definitivos. En el fondo, estamos anunciando que seguimos creyendo en Dios, que jamás ha quebrantado una alianza. Por eso nos atrevemos a lo definitivo: no por un sentimiento de autosuficiencia sino porque sabemos que “Dios no se muda”, triunfa en la debilidad (cf. 2 Cor 12,9), y por su misericordia no deja de sostenernos, si nos ha llamado, dándonos además el ciento por uno (cf. Mc 10,29-30). 

No perdamos la memoria de los sacerdotes que supimos admirar, y que nos ayudaron con su testimonio a sentirnos atraídos por su radicalidad en el seguimiento del Señor, mostrándonos que era posible ser muy felices en el ministerio si entregábamos verdaderamente nuestras vidas a Él. Consideramos una particular bendición, para nosotros, la luz que nos ofrecen en este sentido las vidas del santo Cura Brochero y del beato Cardenal Eduardo Pironio, quienes con su ejemplo, sus enseñanzas y su intercesión, animan hoy nuestro camino y nos sostienen en la entrega. 

4. “Yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia…” (Jn 10,10) 

El Señor nos quiere felices, y el ejercicio del ministerio bien vivido conduce a una vida humanamente más plena, así como, por otra parte, una mayor madurez humana redundará en una vida ministerial más rica, armoniosa y equilibrada. Pero tanto en lo uno como en lo otro, estamos siempre en camino. 

Debemos prestar atención y ayudarnos mutuamente en el presbiterio para llevar adelante una vida sana, tanto en lo que respecta a nuestra salud corporal –cuidando nuestra alimentación, el necesario ejercicio físico, los controles clínicos, y el debido descanso–, como en lo que toca a nuestra vida afectiva –atendiendo a la relación con nuestras familias de sangre, cultivando las amistades y una madura relación con la mujer, la fraternidad sacerdotal, así como también dando lugar a la recreación y a los espacios de gratuidad–, y lo que se refiere a nuestra vida espiritual –custodiando los momentos de encuentro con el Señor, los tiempos para la lectura como alimento de nuestra fe y de nuestro desarrollo cultural, aprendiendo a compartir con los hermanos en el presbiterio lo que de modo personal vivimos espiritualmente–. 

No es raro, por otro lado, que en distintas etapas de la vida puedan presentarse crisis en las que se conjuguen elementos psicológicos y espirituales. No hay que asustarse en ellas, ni tampoco subestimarlas, buscando ayuda para afrontarlas con lucidez y hacer de ellas una oportunidad de crecimiento y maduración. Dice la última Ratio para la formación sacerdotal, publicada por la Santa Sede a fines de 2016: “Los momentos de crisis, si se comprenden y se atienden adecuadamente, con disponibilidad para aprender de la vida, pueden y deben convertirse en ocasión de conversión y renovación, induciendo a la persona a interrogarse críticamente sobre el camino recorrido, su condición actual, sus propias opciones y su futuro” (n. 96). No hay que ignorar, sin embargo, que –como afirma el Papa Francisco– “las crisis, si no son bien acompañadas son peligrosas, porque uno se puede desorientar. Y el consejo de los sabios, hasta para las pequeñas crisis personales, matrimoniales, sociales, es: «nunca te adentrés solo en la crisis, andá acompañado»” [FRANCISCO, Videomensaje con ocasión del ciberencuentro mundial organizado por la fundación “Scholas Occurrentes” (5 de junio de 2000)].

Y así como la primera recomendación que ha de darse en esos casos es “en tiempo de desolación, no hacer mudanza” [SAN IGNACIO DE LOYOLA, Ejercicios espirituales, 318], el otro secreto para encauzar adecuadamente una crisis es –en palabras del Papa Francisco– “«hablarla», soltar la lengua. Hay un salmo tan lindo, que dice «me revolvía el corazón... ¡hasta que solté la lengua...!» [“Mi herida empeoró, el corazón me ardía por dentro, pensándolo me requemaba, hasta que solté la lengua...” (Sal 39)] y dije todo lo que tenía que decir. Es importante tener con quién soltar la lengua en los momentos difíciles o de desaliento” [FRANCISCO, Entrevista con ocasión de la canonización de José Gabriel del Rosario Brochero, “Pastores” 60 (2016), 8].

A la hora de analizar las crisis, es preciso asimismo evitar circunscribirnos únicamente al aspecto personal de las mismas, para abrirnos a la dimensión sistémica implícita en ellas, y atender de ese modo no sólo a lo que la persona debe cambiar o resolver, sino también a lo que debería considerarse y abordarse en el plano institucional.

Todos debemos aprender, por lo demás, a conocer, reconocer y gestionar sentimientos, emociones y pasiones, sabiendo poner nombre a aquellos movimientos interiores que dan un modo propio de vivir nuestra caridad pastoral. Esto hará posible que a lo largo de toda nuestra vida sigamos aprendiendo a amar. 

 Si bien se ha avanzado mucho en una más adecuada visión antropológica y espiritual sobre el modo como hemos de vivir el celibato evangélico, nos toca enfrentar después el desarrollo y los cambios que a lo largo de nuestras vidas van teniendo nuestra sexualidad y afectividad. Para ir integrándolos convenientemente en nuestra vocación, “la transparencia ante un testigo cercano y respetuoso, libre y capaz de una escucha cualificada, resulta saludable para todos y necesaria para muchos”. [J. M. URIARTE, Ser sacerdote en la cultura actual, Santander 2010, 34]. 

No hay que perder de vista que el celibato carece de sentido sin la entrega oblativa a Dios y a los demás. Aquello que da sentido a nuestro celibato es el seguimiento de Cristo y la donación de nuestras vidas en el pastoreo. Por eso, pensar el celibato sin pobreza y sin obediente disponibilidad, sin entrega motivada por la caridad pastoral, acaba por hacer de él una mera carga, en lugar de un don que favorezca en nuestra vida reflejar la entrega del Esposo, del Buen Pastor. 

5. “El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto” (Jn 15,5)

El mismo Señor nos advierte sobre la necesidad de cultivar la comunión con Él para poder dar fruto: “Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes. Así como el sarmiento no puede dar fruto si no permanece en la vid, tampoco ustedes, si no permanecen en mí. Yo soy la vid, ustedes los sarmientos. El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, nada pueden hacer. Pero el que no permanece en mí, es como el sarmiento que se tira y se seca; después se recoge, se arroja al fuego y arde” (Jn 15,4-6). 

De aquí que el Papa Francisco insista en la necesidad de cultivar, como sacerdotes, la intimidad con Dios, y desde allí buscar la fecundidad de nuestro ministerio: “Sin una relación significativa con el Señor nuestro ministerio está destinado a ser estéril. La cercanía con Jesús, el contacto con su Palabra, nos permite confrontar nuestra vida con la suya y aprender a no escandalizarnos de nada de lo que nos suceda, a defendernos de los «escándalos». Al igual que el Maestro se pasará por momentos de alegría y de boda, de milagros y de curaciones, de multiplicación de los panes y de descanso. Existirán momentos en que se podrá ser alabado, pero también llegarán las horas de ingratitud, de rechazo, de duda y de soledad hasta tener que decir: «¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?» (Mt 27,46)” [25 FRANCISCO, Discurso al Simposio "Por una teología fundamental del sacerdocio" (17 de febrero de 2022)]. Aclaraba Benedicto XVI que el tiempo que dedicamos a la oración “es realmente un tiempo de actividad pastoral, de actividad auténticamente pastoral. El sacerdote debe ser sobre todo un hombre de oración. El mundo, con su activismo frenético, a menudo pierde la orientación. Su actividad y sus capacidades resultan destructivas si fallan las fuerzas de la oración, de las que brotan las aguas de la vida capaces de fecundar la tierra árida” [26 BENEDICTO XVI, Homilía Misa Crismal 2006].

El Cardenal Pironio sostenía, por su parte, que “el sacerdote postconciliar tiene que ser primeramente un contemplativo. Pareciera un contrasentido, pero su condición de hombre comprometido exige de él una más perfecta fidelidad a la contemplación” [27 E. PIRONIO, Imagen del sacerdote postconciliar, en ID., A los sacerdotes, Buenos Aires 2019, 79. Original en “Boletín Eclesiástico del Arzobispado de La Plata” 7-8 (1966)]. 

Francisco nos recuerda asimismo que “muchas crisis sacerdotales tienen precisamente origen en una escasa vida de oración, en una falta de intimidad con el Señor, en una reducción de la vida espiritual a mera práctica religiosa. […] Sin la intimidad de la oración, de la vida espiritual, de la cercanía concreta con Dios a través de la escucha de la Palabra, de la celebración de la Eucaristía, del silencio de la adoración, de la consagración a la Virgen, del acompañamiento sapiente de un guía, del sacramento de la Reconciliación, sin estas «cercanías» concretas, en definitiva, un sacerdote es, por así decirlo, sólo un obrero cansado que no goza de los beneficios de los amigos del Señor”. [FRANCISCO, Discurso al Simposio "Por una teología fundamental del sacerdocio" (17 de febrero de 2022)].

6. “Yo estaré siempre con ustedes…” (Mt 28,20) 

Ante las complejas circunstancias en las que nos toca vivir hoy nuestro ministerio a causa de un contexto cultural a menudo indiferente o incluso adverso a la fe, la primera palabra que debería resonar en nuestro corazón es la que Dios ha dicho siempre a quienes ha llamado a su servicio a lo largo de toda la historia de la Salvación: “No temas. Yo estaré contigo”. La Escritura nos atestigua que ante la sensación de desmesura que siempre asalta a sus elegidos al considerar el desafío de la misión, Dios asegura su presencia salvadora, en la que poder apoyarnos y descansar, sobre todo en medio de los temporales que inevitablemente habrá que atravesar, y de la oscuridad que puede acompañar esas travesías: “Yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). 

Damos gracias a Dios por el testimonio de esperanza evangélica que tantos sacerdotes ofrecen con sus vidas en la hora actual, al no dejarse ganar por la tentación del desencanto que siempre amenaza en los momentos de adversidad u oscuridad. El mundo necesita de nuestro testimonio de esperanza, que es sostenido ante todo sobre una convicción: la fidelidad del Señor. La fidelidad de Dios es para nosotros lo único que nos permite edificar sobre la roca, la certeza de que, cada vez que volvemos a ella después de verificar nuestra fragilidad, nos ofrece descanso, serenidad, paz profunda en medio de cualquier temporal. 

Damos gracias a quienes tienen muchos años de vida ministerial a sus espaldas y sostienen a quienes vienen detrás con su esperanza y su alegría. Sin necesidad de palabras, hablan de un Dios que nunca abandona, y son al mismo tiempo una ventana a la misericordia del Señor, por tanto perdón recibido y ofrecido a lo largo de sus vidas. 

Recordemos que el motivo fundamental de nuestra esperanza no está en lo que nosotros somos capaces de hacer sino en la fidelidad de Dios a sus promesas, en su misericordia y en lo que Él puede hacer en nosotros y a través de nosotros. Así nos lo recordaba nuestro querido y venerado cardenal Pironio: “Tenemos motivos para esperar, pero la esperanza cristiana no se apoya en los talentos o la fuerza de los hombres. Sólo se apoya en la bondad del Padre, para quien nada es imposible (Lc 1,37), en la muerte de Cristo que dio su vida para reconciliarnos (Col 1,20) y en la actividad incesantemente renovadora del Espíritu Santo que nos ha sido dado (Rom 5,5)” [E. PIRONIO, Alegría cristiana, Buenos Aires 1978, 23].

No nos desalentemos al ver que somos pocos, y el desafío evangelizador desmesurado. “Jesús no nos ha elegido y enviado para que seamos los más numerosos. Nos ha llamado para una misión. Nos ha puesto en la sociedad como esa pequeña cantidad de levadura: la levadura de las bienaventuranzas y el amor fraterno donde todos como cristianos nos podemos encontrar para que su Reino se haga presente. […] El problema no es ser pocos, sino ser insignificantes, convertirse en una sal que ya no tiene sabor de Evangelio –este es el problema–, o en una luz que ya no ilumina (cf. Mt 5,13-15)” [30 FRANCISCO, Encuentro con los sacerdotes, religiosos, consagrados y el Consejo ecuménico de las Iglesias, (Catedral de Rabat, Marruecos, 31 de marzo de 2019)]

7. “Apacienta a mis ovejas…” (Jn 21,17) 

Nos enseñaba el cardenal Pironio que “hay un modo de servir específico del sacerdote: como ministro de la Palabra y de la Eucaristía, como poseedor de una autoridad sagrada. En cualquiera de las tres funciones el sacerdote sirve haciendo y presidiendo la comunidad cristiana. […] Él debe tener «lengua de discípulo, para que haga saber al cansado una palabra alentadora» (Is 50,4). La Palabra debe entrar en el sacerdote como luz y como fuego. Debe ser engendrada en su corazón (como en María), antes que nazca en sus labios de profeta. Debe escuchar en silencio. Debe orar y contemplar mucho. Debe recibir con pobreza la Palabra y entregarse a ella con generosidad” [E. PIRONIO, Espiritualidad sacerdotal, en ID., A los sacerdotes, Buenos Aires 2019, 98. 32 Ibíd., 99].

“Por la Eucaristía –continúa Pironio– sirve a los hombres consagrando «el pan vivo bajado del cielo» y comunicándoles la carne de Cristo «para la vida del mundo» (Jn 6,51). Pero, sobre todo, realizando por la Eucaristía la comunidad eclesial. Por la Eucaristía «vive y crece continuamente la Iglesia» (LG 26). «Ninguna comunidad cristiana se edifica si no tiene su raíz y quicio en la celebración de la Santísima Eucaristía» (PO 6). Por lo mismo, la función esencial del presbítero –que preside y hace la comunidad– es la celebración de la Eucaristía (LG 28; PO 5). Inclusive su tarea evangelizadora tiende a culminar esencialmente en la Eucaristía. […] Servir la Eucaristía, para el sacerdote, es purificar su indiferencia y su egoísmo y dejarse invadir por el Espíritu de la caridad” [Ibíd., 99].

San Juan Pablo II señalaba por eso que, mediante la ordenación, "nosotros estamos unidos de manera singular y excepcional a la Eucaristía. Somos, en cierto sentido, «por ella» y «para ella»" [33 JUAN PABLO II, Carta a los obispos de la Iglesia sobre el misterio y el culto de la Eucaristía (1980), 2c]De este modo, “la caridad pastoral del sacerdote no sólo fluye de la Eucaristía, sino que encuentra su más alta realización en su celebración, así como también recibe de ella la gracia y la responsabilidad de impregnar de manera «sacrificial» toda su existencia" [34 JUAN PABLO II, Exhort. Ap. “Pastores dabo vobis”, 23]. Efectivamente, para que nuestro sacerdocio sea creíble, es preciso que entremos con nuestra vida en el camino de la Eucaristía que celebramos, y que, de este modo, nuestra vida se vuelva eucarística. Es decir, la caridad pastoral recibe de ella la gracia y la responsabilidad de llevarnos a participar del misterio de darnos en sacrificio por los demás, para el perdón de sus pecados, como alimento de vida nueva. Vivir una vida eucarística conduce, entonces, a ser configurados a Cristo tal como se nos manifiesta en dicho misterio, participando de su oblación al Padre y de su ofrecimiento a los hombres como pan nuevo. 

Decía el Papa Francisco en la Misa Crismal de 2013: “El sacerdote celebra cargando sobre sus hombros al pueblo que se le ha confiado y llevando sus nombres grabados en el corazón. Al revestirnos con nuestra humilde casulla, puede hacernos bien sentir sobre los hombros y en el corazón el peso y el rostro de nuestro pueblo fiel, de nuestros santos y de nuestros mártires, que en este tiempo son tantos”. De modo tal que “el obispo que no reza, el obispo que no escucha la Palabra de Dios, que no celebra todos los días, que no va a confesarse regularmente, al igual que el sacerdote que no hace estas cosas, a la larga pierden la unión con Jesús y se vuelven de una mediocridad que no hace bien a la Iglesia. Por eso debemos ayudar a los obispos y a los sacerdotes a rezar, a escuchar la Palabra de Dios que es el alimento cotidiano, a celebrar cada día la Eucaristía y a ir a confesarse habitualmente” [FRANCISCO, Audiencia General (Miércoles 26 de marzo de 2014)]En la celebración diaria de la Eucaristía confesamos, por lo demás, que lo que Dios hace es más importante que lo que nosotros hacemos, para salvar el mundo. A este respecto, decía el cardenal F. X. Nguyen van Thuan: “Jesús empezó una revolución en la cruz. Vuestra revolución debe empezar en la mesa eucarística, y de allí debe seguir adelante. Así podréis renovar la humanidad” [F. X. NGUYEN VAN THUAN, Cinco panes y dos peces, Buenos Aires 2001, 43].

Finalmente –observa Pironio–, el sacerdote “sirve por la autoridad sagrada que ha recibido directamente de Cristo. Su autoridad no viene de la comunidad. Pero está esencialmente a su servicio. «Yo estoy entre ustedes como el que sirve» (Lc 22,27), dice el Señor” [E. PIRONIO, Espiritualidad sacerdotal, en ID., A los sacerdotes, Buenos Aires 2019, 99].

Sepámonos así llamados a caminar con nuestro pueblo, “a veces delante, a veces en medio y a veces detrás: delante, para guiar a la comunidad; en medio, para alentarla y sostenerla; detrás, para mantenerla unida y que nadie se quede demasiado atrás, para mantenerla unida, y también por otra razón: porque el pueblo tiene «olfato». Tiene olfato en encontrar nuevas sendas para el camino, tiene el «sensus fidei», que dicen los teólogos. ¿Hay algo más bello?” [FRANCISCO, Encuentro con el clero, personas de vida consagrada y miembros de Consejos pastorales (Asís, 04-10-2013)]. Jesús mismo es el modelo de esta opción evangelizadora que nos introduce en el corazón del pueblo. ¡Qué bien nos hace mirarlo cercano a todos! La entrega de Jesús en la cruz no es más que la culminación de ese estilo evangelizador que marcó toda su existencia [Cf. FRANCISCO, Exhortación Apostólica “Evangelii Gaudium”, 268-269].

Que esta cercanía y solidaridad existencial con nuestro pueblo nos dé siempre “olor a oveja”, y que la intimidad compartida cotidianamente con el Señor nos dé, a su vez, “olor a Dios”. Pues “nosotros somos la fragancia de Cristo al servicio de Dios” (2 Cor 2,15). Es más, “sólo si se está centrado en Dios es posible ir hacia las periferias del mundo” [FRANCISCO, Homilía en la memoria del Santísimo Nombre de Jesús (Iglesia del Gesù, Roma, 3 de enero de 2014)]. El centro es Jesucristo. Hay que decir con dolor que han sido numerosos los casos de quienes, llenos de buenas intenciones, descuidaron el vínculo con Quien da sentido a nuestra presencia en las periferias y es el único que nos hace capaces de permanecer en ellas manteniendo el espíritu evangélico, el único que nos provee de aceite para que nuestra lámpara no se apague (cf. Mt 25,1-13). La conjugación del centro con las periferias la vemos siempre ejemplarmente vivida en los santos. Nunca separan lo uno de lo otro. Como Jesús. 

Algo que pertenece específicamente a nuestra espiritualidad es que el ejercicio del ministerio configura y alimenta nuestra vida espiritual. Mucho se ha avanzado, en este sentido, en las últimas décadas, en favor de una espiritualidad sacerdotal que sepa integrar y, más precisamente, nacer de la misma vida ministerial. El presbítero es llamado a conformar su vida a las exigencias de su servicio pastoral, y de él extrae la forma propia y peculiar de su vida espiritual. El ministerio es el lugar donde se configura nuestro modo propio de seguir al Señor y servir a los hermanos, nuestro modo característico de vivir “la vida según el Espíritu”; es decir, nuestra espiritualidad. Vemos así que la vida espiritual del sacerdote no tiene su fuente al margen de su fatiga pastoral sino que, por el contrario, se va vertebrando y ha de madurar en contacto y a través del ejercicio mismo de su ministerio. Predicar, celebrar, acompañar a una comunidad como pastor alimenta, ilumina la propia vida, nos provoca a la conversión, fortalece nuestra vocación, nos sostiene en la búsqueda del Reino. 

8. “En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros” (Jn 13,35) 

Dijo el cardenal Eduardo Pironio que “la espiritualidad sacerdotal es fundamentalmente eclesial. Supone una íntima comunicación con el Obispo y con todo el colegio presbiteral. No puede desarrollarse en una pura relación vertical hacia Dios. Tiene que vivir y expresarse en un hondo sentido comunitario” [E. PIRONIO, Imagen del sacerdote postconciliar, en ID., A los sacerdotes, Buenos Aires 2019, 79].

Cuando en una entrevista se le preguntó al Papa Francisco qué nos diría a los sacerdotes argentinos respecto de nuestra formación permanente, qué deberíamos cuidar prioritariamente, sobre qué cosas deberíamos velar, él respondió así: “Hablo del carisma del sacerdote diocesano, y de la formación permanente de ese carisma: la diocesaneidad. Es decir, que sienta con el obispo y con el cuerpo presbiteral. La formación permanente tiene que ir por ahí. Sí, los cursos son importantes, al igual que las conferencias para actualizarse, o los ejercicios espirituales. Todo eso es necesario. Pero más necesaria es la formación permanente, continua, en la diocesaneidad. Es decir, en la comunión con el cuerpo presbiteral y en la comunión con el obispo. Sobre esto el sacerdote tiene que velar siempre, porque siempre es tentado. O porque el obispo es así y no me gusta, o porque aquellos curas son así o ese otro es asá, y entonces uno va haciendo su grupito, y se pierde toda esa riqueza que tiene el cuerpo diocesano, que es el carisma propio del cura diocesano. La diocesaneidad..., formación permanente en la diocesaneidad. La comunión con el obispo y con el cuerpo presbiteral. El modelo es el Jueves Santo. ¿Me piden una figura de formación permanente? Actualizar continuamente la Misa Crismal del Jueves Santo” [FRANCISCO, Entrevista con ocasión de la canonización de José Gabriel del Rosario Brochero, “Pastores” 60 (2016), 7].

La fraternidad sacerdotal se funda en una realidad a la que sólo accedemos por la fe. El vínculo que nos hace hermanos viene del hecho sacramental del que todos hemos participado por la imposición de las manos. Dice “Pastores dabo vobis” que “el presbiterio, en su verdad plena es un mysterium: es una realidad sobrenatural porque tiene su raíz en el sacramento del Orden. Es su fuente, su origen, es el «lugar» de su nacimiento y de su crecimiento” [JUAN PABLO II, Exhort. Ap. “Pastores dabo vobis”, 74].

Damos gracias a todos los que cuidan y cultivan la fraternidad en el presbiterio, sosteniendo a quien tropieza, atendiendo al que está enfermo, buscando a quien se aísla, abriéndose al distinto, conteniendo al anciano, acompañando al joven, compartiendo los bienes, cultivando la comunión en torno al obispo. 

Hablándoles a los sacerdotes, Francisco aludió a “la belleza de la fraternidad: ser sacerdotes juntos, seguir al Señor no solos, cada uno por su lado, sino juntos, incluso en la gran variedad de los dones y de las personalidades; es más, precisamente esto enriquece al presbiterio, esta variedad de procedencias, edades, talentos... Y todo vivido en la comunión, en la fraternidad. [Tampoco esto] es fácil, no es inmediato y no se da por descontado. Antes que nada, porque también nosotros sacerdotes estamos inmersos en la cultura subjetivista de hoy, esta cultura que exalta el yo hasta idolatrarlo. Y además a causa de un cierto individualismo pastoral que lamentablemente está difundido en nuestras diócesis. Por ello debemos reaccionar a esto con la opción de la fraternidad. Intencionalmente hablo de «opción». No puede ser sólo algo dejado al azar, a las circunstancias favorables... No, es una opción, que corresponde a la realidad que nos constituye, al don que hemos recibido, pero que siempre se debe acoger y cultivar: la comunión en Cristo en el presbiterio, en torno al obispo. Esta comunión pide ser vivida buscando formas concretas y adecuadas a los tiempos y a la realidad del territorio, pero siempre en perspectiva apostólica, con estilo misionero, con fraternidad y sencillez de vida. Cuando Jesús dice: «En esto todos conocerán que son mis discípulos: si se aman los unos a los otros» (Jn 13, 35), lo dice ciertamente para todos, pero ante todo para los Doce, para aquellos que ha llamado a seguirlo más de cerca” [FRANCISCO, Encuentro con los sacerdotes diocesanos (Cassano all'Ionio, 21 de junio de 2014)].

No perdamos de vista que la santidad «de la puerta de al lado», la de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios, la encontraremos a menudo no sólo en la vida del Pueblo de Dios sino también en nuestros mismos presbiterios, en el testimonio silencioso y cotidiano de tantos hermanos en el ministerio que hacen ofrecimiento de la propia vida por los demás [Cf. FRANCISCO, Exhortación Apostólica “Gaudete et Exsultate”, 7].

Allí donde tengamos la gracia de contar con la presencia y la colaboración de diáconos permanentes, procuremos cultivar con ellos la fraternidad, el diálogo confiado, la cercanía y el respeto, la valoración por su servicio pastoral, abriéndonos a su vez a la escucha de las aportaciones que puedan brindar, en sintonía con el espíritu sinodal en el que la Iglesia nos propone madurar. 

9. “Lo vio y se conmovió…” (Lc 10,33) 

En una de sus más penetrantes intuiciones pastorales, el Papa Francisco decía, a poco de iniciar su pontificado: “Veo con claridad que lo que la Iglesia necesita con mayor urgencia hoy es una capacidad de curar heridas y dar calor a los corazones de los fieles, cercanía, proximidad. Veo a la Iglesia como un hospital de campaña tras una batalla. ¡Qué inútil es preguntarle a un herido si tiene altos el colesterol o el azúcar! Hay que curarle las heridas. Ya hablaremos luego del resto. Curar heridas, curar heridas... Y hay que comenzar por lo más elemental” [A. SPADARO, SJ, Intervista a Papa Francesco, 461-462]. Jesús “quiere que toquemos la miseria humana, que toquemos la carne sufriente de los demás” [FRANCISCO, Exhort. Ap. “Evangelii Gaudium”, 270].

Damos gracias por las veces en las que tantos, dejándose conmover en las entrañas –como el samaritano de la parábola (cf. Lc 10,25-37)–, han acogido a los caídos, curando sus heridas, dando calor a sus corazones, mostrando ternura y compasión. Nada urge tanto como esto. Proximidad, cercanía, hacernos cercanos a la carne del hermano. ¡Cuánto bien hace el ejemplo de un sacerdote que se acerca a las heridas…! [Cf. FRANCISCO, Discurso a los párrocos de Roma (6 marzo de 2014)].

Vemos al Señor, durante su vida pública, movido por un claro amor preferencial por los pobres, los enfermos, los sufrientes y los pecadores. Si quitáramos del evangelio las páginas en las que el Señor está con ellos, nos quedaríamos con muy poco. Y si ese era mayormente su lugar en medio de su pueblo, también ha de ser preferentemente el nuestro. 

“Tocados” por la misericordia de Dios, no nos cansemos de acercarnos y “tocar” al sufriente. Jesús quiere que toquemos la miseria humana, que toquemos la carne sufriente de los demás [Cf. FRANCISCO, Exhortación Apostólica “Evangelii Gaudium”, 270]No para hundirnos en el desánimo sino para volvernos sacramento de la compasión de Dios. Llevando todo esto a la Eucaristía, ella podrá elevar “poco a poco a la realidad de una participación en el misterio de la Cruz de Jesús, aquellas preocupaciones, fatigas y sufrimientos que nos alcancen nuestros contactos con los hombres” [R. VOILLAUME, Au coeur des masses, París 1950, 202-203]. Por otra parte, “toda esta pena experimentada por nosotros a causa del sufrimiento de nuestros hermanos debe conducirnos a comprender mejor el abismo misterioso del corazón de Jesús” [Ibíd., 202].

10. “Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré” (Mt 11,28) 

No nos desalentemos frente al cansancio que más de una vez nos asalta. Porque si esa fatiga proviene de la entrega, “nuestro cansancio, queridos sacerdotes, es como el incienso que sube silenciosamente al cielo (cf. Sal 140,2; Ap 8,3-4). Nuestro cansancio va directo al corazón del Padre” [FRANCISCO, Homilía en la Misa Crismal de 2015]. Es cansancio del bueno, que abona el crecimiento del Reino y no está reñido con el gozo. Al contrario, suele asociarse a él. Distinto es el cansancio que envenena nuestra esperanza poniendo en duda la viabilidad de la misión, del que es preciso, en cambio, cuidarse. El Papa Francisco aclara, por eso, que hay distintas formas de cansancio, y señala tres. Puede sernos de mucha ayuda saber discernirlas e identificarlas: 

1. “Está el que podemos llamar «el cansancio de la gente, de las multitudes»: para el Señor, como para nosotros, era agotador –lo dice el evangelio–, pero es cansancio del bueno, cansancio lleno de frutos y de alegría. La gente que lo seguía, las familias que le traían sus niños para que los bendijera, los que habían sido curados, que venían con sus amigos, los jóvenes que se entusiasmaban con el Rabí..., no le dejaban tiempo ni para comer. Pero el Señor no se hastiaba de estar con la gente. Al contrario, parecía que se renovaba (cf. EG 11). Este cansancio en medio de nuestra actividad suele ser una gracia que está al alcance de la mano de todos nosotros, sacerdotes (cf. ibíd., 279). […] Y este cansancio es bueno, es sano. Es el cansancio del sacerdote con olor a oveja..., pero con sonrisa de papá que contempla a sus hijos o a sus nietos pequeños.” 

2. “También se da lo que podemos llamar «el cansancio de los enemigos». El demonio y sus secuaces no duermen y, como sus oídos no soportan la Palabra de Dios, trabajan incansablemente para acallarla o tergiversarla. Aquí el cansancio de enfrentarlos es más arduo. No sólo se trata de hacer el bien, con toda la fatiga que conlleva, sino que hay que defender al rebaño y defenderse uno mismo contra el mal (cf. EG 83). El maligno es más astuto que nosotros y es capaz de tirar abajo en un momento lo que construimos con paciencia durante largo tiempo. […] La palabra del Señor para estas situaciones de cansancio es: «No teman, yo he vencido al mundo» (Jn 16,33). Y esta palabra nos dará fuerza”. 

3. “Y por último está también «el cansancio de uno mismo» (cf. EG 277). Es quizás el más peligroso. Porque los otros dos provienen de estar expuestos, de salir de nosotros mismos a ungir y a trabajar (somos los que cuidamos). Este cansancio, en cambio, es más auto-referencial; es la desilusión de uno mismo pero no mirada de frente, con la serena alegría del que se descubre pecador y necesitado de perdón, de ayuda: este pide ayuda y va adelante. Se trata del cansancio que da el «querer y no querer», el haberse jugado todo y después añorar los ajos y las cebollas de Egipto, el jugar con la ilusión de ser otra cosa. A este cansancio, me gusta llamarlo «coquetear con la mundanidad espiritual». Y, cuando uno se queda solo, se da cuenta de que grandes sectores de la vida quedaron impregnados por esta mundanidad y hasta nos da la impresión de que ningún baño la puede limpiar. Aquí sí puede haber cansancio malo. La palabra del Apocalipsis nos indica la causa de este cansancio: «Has sufrido, has sido perseverante, has trabajado arduamente por amor de mi nombre y no has desmayado. Pero tengo contra ti que has dejado tu primer amor» (Ap 2,3-4). Sólo el amor descansa. Lo que no se ama cansa y, a la larga, cansa mal” [Ibíd.].

Junto a la necesidad de distinguir e identificar las diversas formas en las que puede experimentarse el cansancio, es necesario, recordemos, saber descansar: “Cuando sentimos el peso del trabajo pastoral, nos puede venir la tentación de descansar de cualquier manera, como si el descanso no fuera una cosa de Dios. No caigamos en esta tentación. Nuestra fatiga es preciosa a los ojos de Jesús, que nos acoge y nos pone de pie: «Vengan a mí cuando estén cansados y agobiados, que yo los aliviaré» (Mt 11,28). […] Tengamos bien presente que una clave de la fecundidad sacerdotal está en el modo como descansamos y en cómo sentimos que el Señor trata nuestro cansancio. ¡Qué difícil es aprender a descansar!” [Ibíd]. 

11. “Aquí tienes a tu madre” (Jn 19,27) 

Al pie de la cruz, como discípulos, recibimos el testamento de amor al ser confiados al cuidado maternal de la Madre de Jesús. Haciéndola nuestra Madre, como sacerdotes estamos llamados a recibirla en nuestra interioridad y a vivir nuestra misión contemplándola, sabiendo de su cercanía y protección. María, “mujer de corazón traspasado (cf. Lc 2,35), nos enseña la alabanza capaz de abrir la mirada al futuro y devolver la esperanza al presente. Toda su vida quedó condensada en su canto de alabanza (cf. Lc 1,46-55) que también somos invitados a entonar como promesa de plenitud” [FRANCISCO, Carta a los sacerdotes en el 160° aniversario de la muerte del Cura de Ars (4 de agosto de 2019)]Buscándola con nuestra mirada dejémonos encontrar con la suya, descansando con la confianza del niño, del pobre y del sencillo que sabe que ahí está su Madre y es capaz de mendigar un lugar en su regazo [Cf. Ibíd.]. En nuestra formación permanente, “mirar a María es volver «a creer en lo revolucionario de la ternura y del cariño”, enriqueciendo nuestra caridad pastoral” [Ibíd.].


3. Las etapas de la vida ministerial 

3.1 . Los primeros años 
Hasta los 15 años de ministerio

“Subió a la montaña y llamó a su lado a los que quiso. Ellos fueron hacia él, y Jesús instituyó a Doce para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar” (Mc 3,13-14). Este pasaje del Evangelio, que puede inspirar la formación inicial, alcanza su cumplimiento en quien es ordenado presbítero, para quien la vocación y la consagración revelan el misterio de haber sido amado. El Papa Francisco, dirigiéndose a los sacerdotes jóvenes les recuerda este amor diciéndoles: “¡Ustedes son elegidos, son queridos por el Señor! Dios los mira con ternura de Padre y, después de haber enamorado a sus corazones, no dejará vacilar sus pasos. A sus ojos son importantes y tiene confianza en que estarán a la altura de la misión a la cual los ha llamado” [FRANCISCO, A los participantes en la plenaria de la Congregación para el Clero (1 de junio de 2017)]. La FP se hace mediadora del cultivo de este amor, animando y acompañando a los nuevos sacerdotes en su entrega misionera. 

Esta etapa podríamos enmarcarla desde la ordenación hasta los quince años de ministerio. En ella pueden distinguirse dos momentos; uno que mira a los primeros cinco años, en los que el neo-presbítero se dona con el entusiasmo que le imprime la novedad, y otro que puede comprender los diez años siguientes, en los que, con mayor tiempo de vida ministerial, se ve desafiado a renovar la entrega, ofreciendo con mayor realismo su servicio. 

Como presbiterio estamos llamados a acoger con generosidad fraterna a los recién ordenados, testimoniando la conciencia de que somos corresponsables en nuestra formación, para que los nuevos sacerdotes puedan descansar y confiar en la experiencia de sus hermanos mayores, quienes a su vez se enriquecerán con la vitalidad que aportan las nuevas generaciones. 

Hay que considerar, por otra parte, que lo que es común entre los sacerdotes en los primeros años, se vive de manera diferente en las vocaciones adultas, lo cual ha de ser tenido en cuenta en las propuestas formativas. 

Los primeros 5 años 

Es importante que, desde el inicio de su vida sacerdotal, reconozcan cordialmente los presbíteros la necesidad de la formación permanente, porque sin ésta se compromete la maduración en el ministerio y el desarrollo de la misma persona. 

Durante los años de la formación inicial se suele tener una vida ordenada por una estructura horaria pautada, y por una clara y acotada distribución de responsabilidades, pero esto cambia radicalmente una vez que hemos sido ordenados. Se hace necesario, por este motivo, ayudar a los neo-presbíteros a procurar un nuevo orden de vida, fijando prioridades entre las múltiples demandas con las que se enfrentan, para sostener con fidelidad su encuentro con el Señor en la oración, y poder estar presentes donde se deba estar. La generosidad en la entrega implica necesariamente también tiempos de descanso, para permitir un crecimiento en el ministerio que sea saludable. 

La vida espiritual del presbítero procede y se nutre de lo recibido y consolidado en el Seminario, pero adquiere en el ministerio una nueva impostación, al profundizarse el vínculo con Dios desde la misión. Esto pone de manifiesto, en el ejercicio del ministerio, la mutua relación que existe entre intimidad y servicio pastoral. La experiencia sacerdotal se enraíza así en la vida teologal, a partir del carisma propio del sacerdote diocesano, que es la caridad pastoral. Y es precisamente en ella donde el presbítero alcanza la unidad de su vida [CONCILIO VATICANO II, Decreto “Presbyterorum Ordinis”, 14]. 

La vida celibataria, por su parte, como todo amor, no es algo resuelto y definido en un momento determinado de nuestras vidas, sino una realidad dinámica en la que seguimos madurando hasta el último día. En esta etapa de los primeros años de ministerio se han de ofrecer por eso, instancias comunitarias de formación que ayuden a seguir elaborando esta forma de vida, tanto desde la afectividad, la sexualidad y la sensibilidad, como también desde la espiritualidad, contando con el apoyo de un acompañamiento personal que pueda iluminar el camino a recorrer desde una mayor experiencia. Es importante, en este sentido, estar atentos a los indicadores que señalan la mayor o menor madurez en el modo de relacionarnos, en el uso de redes y pantallas, en la relación con los bienes materiales, en el modo en que ejercemos la autoridad, pues son lugares donde se revela la fidelidad con que respondemos en nuestra entrega al Señor y a su pueblo por amor. 

La experiencia nos muestra que en los primeros años de vida sacerdotal se suele mantener la dirección espiritual, pero no son pocos los que con el correr del tiempo empiezan a tenerla de manera discontinua, llegando muchos incluso a abandonarla. Es importante que en estos primeros años se consolide la conciencia de necesitarla durante toda la vida. 

El vínculo paterno-filial que el obispo supo cultivar y cuidar con cada uno durante la formación inicial está llamado a consolidarse con la ordenación y desarrollarse con su presencia y su acompañamiento insustituibles, generando una relación sustentada en la confianza mutua. 

El equipo de pastoral sacerdotal colabora proponiendo un itinerario sistemático de formación que favorezca, según la etapa, la maduración del sacerdote en su vida ministerial. Junto a esto, se debería ofrecer, sobre todo en los primeros años, un acompañamiento más cercano y personalizado por parte de un sacerdote designado por el obispo para un seguimiento tutorial. 

La acción fundamental de los agentes de formación permanente en esta etapa consiste en acompañar a los neo-presbíteros para que puedan desplegar existencialmente la identidad recibida con la ordenación, y enriquecer lo desarrollado en su formación inicial con la novedad del ministerio, ayudándolos a su vez a integrar las distintas dimensiones de la formación en el desarrollo del servicio pastoral. 

Es tarea de la FP aportar herramientas para afrontar los distintos desafíos que el ejercicio del ministerio pastoral presenta en estos primeros años, a saber: el servicio de la autoridad en una Iglesia sinodal, la conducción y la gestión de conflictos, el discernimiento pastoral, el trabajo en equipo; la relación con el dinero y la administración de los bienes eclesiales; la pobreza sacerdotal, la sensibilidad pastoral en el servicio a los más pobres y marginados, el uso y el modo de presencia en los medios y redes sociales, sumándose los temas que puedan surgir por inquietud e interés de los mismos sacerdotes. 

Asumiendo la tensión que existe entre lo ideal y lo posible en la asignación del destino pastoral, es importante que el recién ordenado tenga una primera experiencia que marque positivamente el inicio de su ministerio. Para esto es conveniente escuchar a quienes han intervenido en su formación inicial, y procurar que el párroco tenga capacidad para acompañarlo testimonial y formativamente, aportándole su experiencia. El vínculo que se establece entre el párroco y el vicario merece particular atención y seguimiento, especialmente cuando se verifican conflictos. 

Junto a la responsabilidad confiada en el servicio parroquial, es conveniente que de manera gradual se le asigne al neo-presbítero algún servicio en las pastorales diocesanas, enriqueciendo así el sentimiento de pertenencia a la Iglesia particular. 

De los 6 a los 15 años de ministerio 

Transcurridos los primeros años en el ejercicio del ministerio, se tiene más distancia respecto de la novedad inicial, y el sacerdote, mientras despliega con gozo su entrega, va adquiriendo una experiencia que lo afirma en su identidad. Pueden aparecer, sin embargo, las primeras crisis, que requieren ser acompañadas, y descubiertas también como oportunidad de crecimiento y de renovada fidelidad. 

No es raro que aparezca la fatiga, por la suma de responsabilidades o las continuas demandas, así como posibles sentimientos de frustración por la falta de los logros pastorales esperados. La reducción del número de sacerdotes suele amplificar, además, la sensación de desbordamiento ante exigencias crecientes, a lo que muchas veces se le suma el hecho de hallarse en contextos de precariedad social donde la pobreza y la marginalidad interpelan de modo continuo. Es conveniente acompañar estas situaciones desde la FP, ofreciendo contención y favoreciendo la reflexión sobre las mismas, para poder vivirlas en clave pascual. 

Las posibles frustraciones pastorales exigen un temple que ha de reflejarse no sólo en la capacidad para asumirlas y elaborarlas, sino sobre todo para vivirlas como hombres de fe que siguen al Señor en el fecundo camino de la Cruz. 

Para que lo rutinario no se vuelva desmotivador, se hace necesario conservar una mirada creyente sobre el ministerio, en orden a renovar en el encuentro con Cristo la disponibilidad a la Iglesia y el sentido de la misión. En esta etapa pueden aparecer también desilusiones respecto de la institución eclesial, provocando crisis que piden ser elaboradas con madurez para reconocerlas y encauzarlas. 

El celibato como vocación y don que madura viviéndolo, pide un constante discernimiento que favorezca la entrega radical a Dios y a su Pueblo. La mirada realista sobre la propia madurez afectiva y sexual permite conocer y discernir hasta qué punto existe una adecuada integración de las distintas dimensiones de la persona, para seguir creciendo en ello. Se puede verificar también la fecundidad del propio celibato, en la experiencia gozosa de la donación de la vida por los demás. Será en un clima de confiada comunicación en el acompañamiento espiritual y la amistad sacerdotal donde las crisis puedan ser mejor expresadas y asumidas; pues lo más sano en toda crisis es la comunicación en la verdad y la acogida en la misericordia. 

Es importante que la mirada compasiva ante las debilidades que puedan presentarse en el hermano no se confunda con la condescendencia frente a lo que no puede ser tolerado, como es la doble vida, que no sólo constituye un antitestimonio que provoca escándalo en el Pueblo de Dios, sino que además erosiona al presbiterio entero. 

El don de la fraternidad sacerdotal reclama en esta etapa asumir la realidad vivida en el propio presbiterio, con sus riquezas y pobrezas, sus luces y sus sombras. Siempre es un desafío vivir de manera afectiva y efectiva la comunión que pide el sacramento del orden, conscientes de que no es un camino fácil pero que no admite ser sorteado, y que muchas veces requiere un renovado ejercicio de reconciliación. Se ha de prestar atención al sacerdote que se va alejando de las distintas instancias de encuentro fraterno en el presbiterio; el individualismo es un signo de fragilidad que puede conducir a inadecuados refugios afectivos, o bien llevar al aislamiento. 

El vínculo obispo-sacerdote exige en ambos una mirada creyente que permita crecer en él de manera adulta, desplegando, el primero, su responsabilidad paterna, y el presbítero, la disponible colaboración que pide la misión que los une. El clima de confianza que se logre en el presbiterio permitirá afrontar los eventuales conflictos que puedan darse en la relación, construyendo así la necesaria comunión. 

La relación párroco-vicario es asimétrica en las responsabilidades, pero fraterna por el sacramento y la misión. Tanto la escucha como el acompañamiento son un servicio que el equipo de FP puede prestar para favorecer que esta relación se desarrolle de manera evangélica, como oportunidad de ayuda recíproca. 

En esta etapa del ministerio, en la que se está en condiciones de asumir la responsabilidad de ser párroco, se constata que en algunas diócesis –en virtud de la carencia de sacerdotes– los destinos pastorales son vividos en soledad, lo cual constituye un desafío añadido para la vida del presbítero. Esta realidad es más compleja en las diócesis con grandes distancias, que dificultan el encuentro entre los sacerdotes que viven solos. En estos casos se espera, tanto del obispo como del equipo de pastoral sacerdotal, especial atención y acompañamiento. 

La valoración del descanso y el modo de procurarlo constituyen un indicador de la madurez de la persona. Es deseable que exista una búsqueda sana y legítima de este, evitándose, por lo contrario, caer en compensaciones desordenadas o en faltas de austeridad que van desnaturalizando nuestra vocación, revelando inconsistencias de la persona que no han sido convenientemente elaboradas. 

Mucho se ha reflexionado sobre la identidad presbiteral en la configuración con Cristo y en la misión confiada. Se espera que los agentes de FP brinden espacios de reflexión e iluminación que permitan renovar la conciencia de la belleza del ministerio. 

3.2. La mediana edad presbiteral 

De los 16 a los 25 años de ministerio

¡Volvamos a la orilla! Esta sugestiva invitación alude a la situación de algunos de los discípulos luego de la Pascua. La orilla del lago representa el lugar del origen y también, según el capítulo 21 del Evangelio de Juan, del acontecimiento que relanza su vocación. La mediana edad de los presbíteros tiene mucho de esto. Se ha recorrido un buen trecho del camino, compartiéndolo con el Maestro y los hermanos. Habiendo alcanzado ya una significativa experiencia de vida y pastoral es momento de discernir, porque no se puede vivir de recuerdos ni de fidelidades pasadas, y se hace necesaria una renovada experiencia del Señor. El oficio puede haberse vuelto algo rutinario, y es preciso redescubrir los signos de la presencia del Señor, para que el corazón vuelva a arder cuando estamos en las cosas de Dios. 

La mediana edad 

La expresión “mediana”, que designa esta etapa vital, es sugerente. No es el inicio, tampoco el final. Puede tener lugar allí un kairós decisivo para renovar la propia vida y ministerio a la luz de la experiencia y el deseo de plenitud personal y pastoral que late en lo profundo, y que es oportuno volver a hacer consciente. Es el tiempo para “atizar las brasas del don recibido” (cf. 1 Tim 1,6) y asumir que el llamado de Jesús a compartir la vida con él y a pastorear a su pueblo sigue bastando para colmar el corazón y la carne. Es el momento privilegiado para pensar y discernir cómo se quiere vivir el ministerio en adelante. 

¿Cuáles son los aspectos significativos de esta etapa en la vida presbiteral? La llamada “crisis de la mitad de la vida” no acontece habitualmente de modo puro y claramente delimitable, sino que asume la forma de un proceso en el que se percibe, desde una memoria agradecida, todo el bien que pudimos hacer al servicio del Evangelio y de los que se nos han confiado y, por otro lado, se lee la propia vida y ministerio con desnudez, en su verdad, y a veces incluso con alguna tonalidad negativa. Se vislumbran aspectos que formaron parte de nuestro ideal y que no se han realizado, frustraciones que se vuelven más conscientes, entregas y opciones que parecen no haber tenido una fecundidad acorde a las propias expectativas, crece la conciencia de los propios límites y fragilidades. Se trata de un contacto, a veces “en carne viva”, con nuestra realidad y la de nuestro entorno. Puede incluir las notas del desencanto con uno mismo, con los demás, con la Iglesia. Tal experiencia reclama la “escucha” atenta de la propia sensibilidad y la capacidad de interpretarla discerniendo, para poder hacer de la crisis una oportunidad, una ocasión favorable para la renovación y el crecimiento. Es el tiempo para “cribar” los sentimientos, emociones, pensamientos, para poder fortalecer y proyectar el futuro que se nos abre como camino de plenitud. Se hace necesario trabajar sobre el valor positivo y las herramientas específicas para gestionar las crisis. Es el momento para retomar la dirección espiritual, si se la había abandonado o se había convertido en mera rutina, y, eventualmente, si fuera necesario, para aprovechar un acompañamiento terapéutico. 

Un aspecto que no rara vez se hace presente es el cansancio, como consecuencia de una entrega generosa y abnegada, reclamando quizá una mejor integración del reconocimiento de los propios límites y del descanso, una vida de oración más cuidada, y una mayor jerarquización de prioridades. Cuando esto no se da, no es extraño que pueda tener lugar, en algunos, en esta etapa, el síndrome de burnout, a veces apenas percibido, pero que muestra sus indicios en el estrés, la ansiedad, la procrastinación y un cierto desgano. Es la hora para recuperar terreno en la contemplación y conectar más profundamente nuestra sensibilidad con la opción de vida realizada, encaminando más decididamente nuestra existencia por senderos teologales. 

Memoria creyente y resignificación de lo vivido

Esto pone al presbítero ante el desafío de la resignificación de lo vivido. La misma supone la acción de gracias por el camino transitado, en el que podemos reconocer con mirada creyente la permanente fidelidad de Dios para con nosotros. Es también el momento de evitar la tentación de la desilusión, que es tierra propicia para resignar los valores por los que hemos optado en nuestro ministerio, y lanzarse hacia el futuro con esperanza, percibiendo ahora con mayor claridad y madurez las propias capacidades y límites. Es el tiempo, asimismo, para volver a confiar, apoyados en la fe, en que el Señor sigue estando presente y se seguirá manifestando. La resignificación ha de tener como efecto la purificación de las propias expectativas o de las expectativas de los demás sobre nosotros, para abrirnos con mayor libertad a lo que Dios quiere de nuestras vidas, ofreciendo una renovada respuesta de amor. 

Vínculos y cercanías

Todo en nuestra vida está atravesado por los vínculos, y la cercanía de Dios no puede disociarse de la cercanía con el obispo, con los demás presbíteros y con la gente. Lo ha expresado con claridad el Papa Francisco, poniendo de manifiesto el carácter relacional que es inherente a la existencia presbiteral [Cf. FRANCISCO, Discurso al Simposio "Por una teología fundamental del sacerdocio" (17 de febrero de 2022)]. En esta etapa se pueden verificar los signos del cultivo de estas cercanías, volviéndose más consciente hasta qué punto se están viviendo las dimensiones filial, fraterna, esponsal y paterna, que conjugan el universo vincular del presbítero. Es importante, en este sentido, discernir la calidad de la soledad del presbítero, que es el espacio que dispone y orienta los vínculos, así como también si las relaciones tienen la hondura que corresponde a la necesidad del corazón, y si están en coherencia con la propia identidad vocacional. Es la oportunidad para sincerarse y reflexionar sobre la posibilidad de haberse aislado, preguntarse acerca del sentido de pertenencia, integración e identificación con el presbiterio, y con la propia Iglesia diocesana y su camino pastoral. Se hace necesario discernir los impulsos del corazón para identificar si existe la búsqueda de compensaciones que alejan del verdadero tesoro y que acallan aquella sed del Agua Viva que llevamos en el corazón. 

El realismo de esta etapa, fruto de la experiencia de vida, al permitirnos conocer mejor nuestros propios límites, nos invita a ser más misericordiosos y compasivos, despojándonos de rigideces y de falsas seguridades, para abrirnos más confiadamente a la acción del Señor. 

Todo esto favorece la acogida de la sinodalidad como estilo pastoral. Lo cual no sólo implica la posibilidad de compartir el camino ejercitando la escucha, el diálogo y el discernimiento comunitario, sino también el desafío de dar participación en las responsabilidades y las cargas pastorales, delegando cuestiones administrativas y de gestión, que no pocas veces nos dejan la sensación de haber estado en lo periférico y no en el centro del propio servicio ministerial. De este modo, el presbítero puede optimizar su tiempo y energía, sentirse más parte de su comunidad, y celebrar junto a los hermanos las maravillas que Dios obra en medio de su pueblo. 

Dimensión pascual de nuestras vidas 

Puede ser ésta, también, una etapa en la que alguno llegue a preguntarse: ¿Vale la pena ser sacerdote? ¿En verdad quiero dar la vida por Cristo, por la Iglesia y por aquellos que me han sido confiados? ¿Quiero mantener mi opción por una vida evangélica, obediente, célibe y pobre? ¿No hay tiempo aún de encaminarse hacia nuevos horizontes? En el caso de surgir estas preguntas, podría transformarse en ocasión providencial para replantearnos la radicalidad de una vocación en la que Dios quiere tomar nuestra vida por entero. Pero también puede ser tiempo de acción de gracias y de confirmación, haciendo experiencia del tesoro que llevamos en vasos de barro, redescubriendo su belleza. Hay una nueva llamada del amor fiel del Señor que se hace presente pidiendo una respuesta que, no obstante nuestras fragilidades, exprese el deseo sincero de corresponder con fidelidad y entrega, generando una profunda y serena alegría.

“Si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12,24). Esta parábola cristológica es también clave de lectura de la vida del presbítero. Y en la mediana edad emerge con nueva luz el significado profundo del dinamismo pascual de nuestras vidas. Es ocasión para reconocer que la entrega y el don de nosotros mismos no nos empobrecen, sino que nos conducen por el camino de la verdadera fecundidad. Es una mirada más honda, más creyente y, por esto mismo, más profundamente humana, que nos permite reconocer que la transformación a la que nos está desafiando la vida implica que sólo puede haber vida nueva y fecunda si hay disponibilidad para la muerte. Por lo tanto, es la hora para preguntarse ¿qué “muertes” estoy dispuesto a experimentar en esta etapa de mi vida? ¿Cuál es la verdadera fecundidad ministerial y qué fecundidad he estado buscando hasta ahora en mi entrega? Y, puestos delante del Señor, preguntarse a dónde se han de dirigir las energías, el sacrificio, la vida, a partir de ahora. Conlleva un nuevo impulso de discernimiento para seguir escuchando a Jesús que señala el sendero por el que se ha de apacentar el rebaño, y recorrer un camino que tal vez no habíamos pensado en elegir (cf. Jn 21,15-18). 

Es el tiempo, también, para tomar conciencia de que ya se tiene edad y experiencia para acompañar a otros. Ya no es tiempo de reclamar lo que uno no recibió como hijo en el momento oportuno (en casa, en el Seminario, en el presbiterio, en la Iglesia), pues se nos está llamando a ser padres y a asumir el desafío del acompañamiento de otros. Se espera de los obispos, por su parte, que alienten y favorezcan la dedicación de aquellos presbíteros que, por experiencia, capacidad y carisma, puedan acompañar espiritualmente a sus hermanos en el presbiterio. 

“Hagan esto en memoria mía” (cf. Lc 22,19). El memorial que comunica la Vida Nueva y que dio origen a nuestra vocación es fundamental en todas las etapas de la vida ministerial. Sin embargo, es a partir de ahora que cobra una nueva resonancia, experimentando todo su peso, el hecho de pronunciar las palabras de la consagración en primera persona: “Tomen y coman todos de él, porque esto es mi cuerpo que se entrega por ustedes”. La identificación con Jesús y el asumirnos como alimento para nuestro pueblo son mucho más que palabras. El memorial nos introduce en la misma realidad cristológica que le dio origen, y atraviesa y configura la vida del presbítero. ¿Cómo decirlo y seguir igual? ¿Cómo repetir esas palabras y exponernos a la incoherencia o a la inercia de una vida mediocre? Es la oportunidad para que la Eucaristía vuelva a estar en el centro de la espiritualidad del sacerdote y lo impulse a una vida pastoral ajena a toda mundanidad, haciéndonos disponibles a los hermanos y renovando en el corazón la alegría de la entrega. 

“Los hombres deben considerarnos simplemente como servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Ahora bien, lo que se pide a un administrador es que sea fiel” (1 Cor 4,1-2). Hermosas palabras de San Pablo, que expresan esa madurez en la que no es la búsqueda del propio prestigio, del reconocimiento, del éxito pastoral lo que mueve al presbítero, sino el poder ser transparencia de Cristo. Transparencia por la que los rasgos del corazón del Buen Pastor se hacen visibles en las actitudes, opciones y servicio del presbítero. Esto reclama responder con renovada fidelidad a las exigencias de esta etapa concreta de nuestra vida y ministerio. 

“Verán cosas más grandes todavía” (cf Jn 1,50). La mediana edad es la oportunidad para volver a experimentar la sorpresa y la admiración, despertando quizá del adormecimiento que puedan haber generado la costumbre, la rutina, el exceso de trabajo o el reclamo constante de muchos. Es el tiempo de dar más lugar al misterio, volver a ser como niños y redescubrir el valor de la alabanza y la acción de gracias, nunca solos ni aislados, sino como signo e instrumento de comunión, de la mano de Aquél que tiene el poder de hacer nuevas todas las cosas (cf. Ap 21,5). 

3.3. La etapa de los adultos mayores

Más de 25 años de ministerio

Es ésta una etapa, en la vida del presbítero, rica en oportunidades, ya que la experiencia adquirida favorece una postura más serena y sapiencial en el ejercicio del ministerio, a la vez que permanece encendido el deseo de una renovada entrega. 

El presbítero deberá estar atento, sin embargo, a no caer en la tentación de “presumir de sí mismo, como si la propia experiencia personal, ya demostrada, no tuviese que ser contrastada con nada ni con nadie” [JUAN PABLO II, Exhort. Ap. “Pastores dabo vobis”, 77].

Fragilidad y kénosis 

No obstante sentir en su propia carne el paso del tiempo, empezando a experimentar la declinación de la resistencia física e incluso la merma de algunas capacidades psíquicas, la situación de escasez vocacional está obligando a esta generación de sacerdotes a trabajar como si tuvieran varios años menos. Muchas veces perciben que no pueden bajar la guardia ante la escasez del relevo. Ese nivel de actividad y responsabilidad ayuda a mantener su vitalidad, pero habrá que estar alertas a las consecuencias, atendiendo al cuidado de la salud integral del presbítero. 

Frente a este desafío se hace necesario discernir y evaluar adecuadamente la intensidad de la actividad. No sólo para administrar las propias energías, sino también para integrar  mejor interioridad y exterioridad, oración y tarea, reflexión y acción, descanso y trabajo. Tal vez se vuelva necesario realizar menos tareas, con gusto y cierta intensidad, con horarios más amplios, en lugar de seguir forzando la máquina de nuestro rendimiento. Saberse "obrero" de Dios, "instrumento" suyo, aprendiendo a ser servidor, más que protagonista [Cf. Arquidiócesis de Córdoba, Proyecto de Formación Sacerdotal Permanente, Córdoba 2010, 48].

La sabiduría de la Cruz incluye la vivencia de la “kénosis” en el ministerio. Esta progresiva disminución -algo penosa pero necesaria- será la experiencia pacífica del siervo inútil (cf. Lc 17,10), que no significa “inservible”, sino que designa a aquel que es sólo servidor, y no sujeto de derechos o reclamos ante Dios o ante su pueblo. 

Vemos de este modo que un desafío de esta etapa, que debería poder acompañar la pastoral sacerdotal, es aprender a envejecer, ejercitando el duelo sobre las pérdidas que imponen los años, mientras nos vamos abriendo a otras posibilidades en las que se nos llama a ser fecundos. 

Porque la experiencia de un «despojo progresivo» caracteriza este momento de la vida sacerdotal. Es un tiempo propicio, por eso, para crecer, asumiendo la finitud. Con frecuencia aparecen preguntas tales como: “¿lo habré hecho bien en mi vida?, ¿habrá merecido la pena tanto afán?, ¿alguien continuará este trabajo?” El reencuentro con nuestros límites será una invitación a una mayor humildad. 

En este tiempo uno va descubriendo que sentir el despojo no significa ser expoliado; es más bien la experiencia de Pablo, que ha aprendido a vivir “tanto en las privaciones como en la abundancia” (Flp 4,12) y sabe donarse con alegría en cualquier situación [Cf. J. M. URIARTE, Crecer como personas para servir como pastores, en PASTORES 31 (2004) 22-23].

Tiempo de sabiduría 

Y si bien en esta fase puede debilitarse la pasión, se gana, sin embargo, en sabiduría: ésta es su principal riqueza. 

La sabiduría evangélica no se identifica con la erudición, ni consiste en una aguda inteligencia o en una sana prudencia en la vida, sino en aquella actitud que surge cuando el Dios Todopoderoso y Eterno invade la conciencia limitada y transitoria del hombre y, desde ella, difunde luz sobre toda la vida (cf. Prov. 2,1-9) [Cf. R. GUARDINI, La aceptación de sí mismo. Las edades de la vida, Buenos Aires 1992, 105]. Todo adquiere una nueva relatividad delante de la presencia más viva del único Absoluto. 

 Lo sapiencial conlleva, además, una mirada compasiva sobre la realidad, que se opone a una actitud defensiva que suele favorecer la rigidez, volviendo inflexible a la persona, cerrando el corazón a los sentimientos de ternura, de comprensión y compasión por la debilidad ajena, haciéndonos incapaces de vivir en el gozo de ver crecer el Reino por obra de Dios [Cf. FRANCISCO, Discurso del Santo Padre Francisco al Simposio "Por una teología fundamental del sacerdocio" 17 de febrero de 2022].

La adultez invita al sacerdote a estar más atento a las necesidades de los hermanos, ayudando a los más jóvenes a insertarse en el presbiterio y a iniciarse en el servicio ministerial, compartiendo la vida con los de su misma edad, ofreciendo y aceptando la ayuda que mutuamente pueden darse, y a acompañar con su afecto y reconocimiento a los sacerdotes ancianos en sus necesidades [Cf. Arquidiócesis de Córdoba, op. cit., pg. 49].

Frente a la inclinación espontánea que aparece en esta etapa, que consiste en “retener” (vínculos, bienes materiales, etc.), está la respuesta evangélica que supone, en cambio, ir “soltando las riendas” con responsabilidad y generosidad. Consciente de que el ministerio no le pertenece, el presbítero adulto aprende a delegar más fácilmente y a compartir las cargas, visualizándose junto a sus hermanos en el presbiterio como mero sacramento de Cristo Pastor [Cf. CONCILIO VATICANO II, Decreto “Presbyterorum Ordinis”, 7].

Quien transite por esta etapa de su vida ministerial deberá estar atento, sin embargo, a no caer en un estilo pastoral acomodaticio y de mera conservación, custodiando y cultivando, por el contrario, el dinamismo propio de la verdadera misión, lo cual supone permanecer siempre disponible a la conversión personal y pastoral que esto requiere. Es la advertencia hecha al ángel de la Iglesia de Éfeso: “Conozco tus obras, tus trabajos y tu constancia. […] Sé que tienes constancia y que has sufrido mucho por mi Nombre sin desfallecer. Pero debo reprocharte que hayas dejado enfriar el amor que tenías al comienzo.” (Ap 2,2- 4). La lucha contra nosotros mismos, y contra todo aquello que nos llena de fatiga, se vence con adoración más que con la voluntad, con amor contemplativo más que con violencia. Así el seguimiento a Jesús es el fruto maduro de quien fija en Él su mirada encontrando allí su reposo y la fuente de la fidelidad en la entrega misionera [Cf. E. LECLERC, Sabiduría de un pobre, Madrid 1992, 113].

3.4. Los mayores de 75 años

“He peleado hasta el fin el buen combate, concluí mi carrera, conservé la fe” (2 Tim 4,7). La confidencia de san Pablo a su colaborador Timoteo transparenta la serenidad de una misión cumplida. Toda la FP tiene como meta formar en el presbítero “la imagen de Cristo” y “está destinada a hacer crecer en el sacerdote la conciencia de su participación en la misión salvífica de la Iglesia” [JUAN PABLO II, Exhort. Ap. “Pastores dabo vobis”, 75]. La última etapa de la vida está enmarcada especialmente por la Pascua de Cristo, paso y sentido definitivo de todo lo gozado, sufrido y transitado en una vida de servicio. Es una etapa donde la FP en su aspecto ordinario cobra una gran relevancia, ya que no son tantos los estímulos externos (cursos, retiros, conferencias, encuentros, etc.) los que nutren, sino el decantar sereno de una vida desde el prisma del Evangelio, en un creciente contacto con el Señor. 

Es por ello por lo que más allá de ciertas limitaciones que la edad pueda aparejar, el presbítero mayor no es simple destinatario de una acción externa, sino que es, tal vez más radicalmente que nunca, protagonista de su propia FP. 

Volver al propio corazón 

Una buena parte de la vida ministerial tiene su foco puesto en lo que se hace. Es la ajetreada vida de tareas y compromisos lo que suele considerarse como medida de un ministerio fecundo. En esta nueva etapa, el presbítero se da cuenta de que su misión sacerdotal no está ligada mayormente al hacer, sino al ser. 

 Suele ser una etapa marcada por la disminución de ocupaciones como también por las limitaciones en el orden físico. Esto puede tornarse en ocasiones frustrante, o bien puede ser oportunidad de acentuar lo esencial del seguimiento de Jesús, “estar con Él” (Mc 3,14), reclinarse en el pecho del Maestro (cf. Jn 13,23), dar oportunidad a que “Él crezca y yo disminuya” (Jn 3,30). En definitiva, es la ocasión para volver al corazón, para entrar en el “secreto” (cf. Mt 6,1-18) aquel donde sólo Dios se hace imperioso. El reconocimiento y la valoración externa dejan mayor lugar a la sola mirada de Dios, que no ve las apariencias, sino el corazón (cf. 1 Sam 16,7). 

Nada tiene que ver esto con reclusión o aislamiento. Se trata más bien de “encaminarse decididamente” (cf. Lc 9,51), con conciencia pascual, al centro de todo, del propio corazón, de la propia vida como del ministerio vivido: Dios mismo. Es tiempo de releer con sentido creyente y sapiencial una vida entregada al anuncio del Evangelio y a los hermanos, atravesada por las debilidades propias y las misericordias de Dios. Es un tiempo de volver a encontrar a Dios en el corazón. 

Serena acogida de la realidad 

Los años transcurridos dan al presbítero mayor la capacidad de una mirada retrospectiva amplia. Ésta, en ocasiones, puede estar teñida de todas las frustraciones y resentimientos no suficientemente evangelizados. Por ello, es un período en el que aún la conversión golpea a la puerta como el primer día, aunque de un modo diverso. Se espera que una serena y más sabia mirada pueda ver con ojos nuevos la realidad. 

En esta etapa de la vida, el presbítero se vuelve capaz de una captación aguda de los hechos en perspectiva crítica, pero su intención fundamental es el testimonio de fidelidad que puede legar a sus hermanos. Como el anciano Eleazar que decía: “Me mostraré digno de mi vejez entregando mi vida valientemente. Así dejaré a los jóvenes un noble ejemplo, al morir con entusiasmo y generosidad” (2 Mac 6,27-28). 

La humildad de la propia tierra es ocasión de aprendizaje. Muchas veces duro y severo, asumiendo sus propias limitaciones y achaques. Aquella “negación de sí mismo” (cf. Mt 16,24) que el Señor pide y que tantas veces se reflexionó, ahora se impone en varios frentes. Entre los más sensibles está el dar lugar a otros en espacios y funciones anteriormente propias. Aceptar nuevas metodologías pastorales, criterios de organización, cambios culturales, es un desafío importante que requiere corazón grande y libertad interior. 

En este tiempo se evidencia la capacidad de actividades de enriquecimiento del propio espíritu. Reducidas las obligaciones pastorales, queda la “parte mejor” (Lc 10, 42) que en la vida del presbítero mayor puede, según las posibilidades, traducirse en: mayor tiempo para la escucha espiritual, la lectura, la oración, la presencia en el mundo del dolor, el acompañamiento de los sacerdotes, como también la asistencia y ayuda ocasional en diversas comunidades. 30 

Testigo del amor de Cristo 

“Acuérdense de quienes los dirigían, porque ellos les anunciaron la Palabra de Dios: consideren cómo terminó su vida e imiten su fe” (Heb 13,7). El autor de la Carta sabe que la síntesis auténtica de una vida está en cómo termina. Si el presbítero ha tenido un peso extra entre los cristianos en su misión de dar buen ejemplo de vida, en el final de su existencia terrena esa misión es aún más decisiva. 

En esta etapa se espera que el presbítero sea una transparencia de Cristo. En sus palabras, en sus gestos, en sus opciones, ya no cabe lugar para lo banal y lo irrelevante. Por ello las generaciones que vienen detrás miran a este grupo de hermanos buscando la ansiada guía a lo esencial, que tantas veces se pierde entre actividades y propuestas diversas. En definitiva, la tarea que esta etapa comporta es el testimonio sencillo y sabio de haber encontrado y seguir buscando al Resucitado, y por ello no poder más que ser irradiación de su Rostro. 

De los presbíteros mayores estamos llamados a aprender cómo es Dios. Cuando un grupo de enfebrecidos defensores del honor de la ley pretendían acabar con una vida, Jesús invita a mirar el propio corazón y ver si no está también necesitado de misericordia; y son los ancianos los que primero se reconocen así. Pero igualmente los más jóvenes, siguiendo su testimonio, bajan sus piedras (cf. Jn 8,1-11). ¡Cuánto bien puede hacernos hoy también beber de la serena sabiduría de los presbíteros mayores, que mirando el propio corazón no se atreven a lanzar piedras contra otros! 

El servicio fecundo de la oración 

Decía Benedicto XVI que “la oración de los ancianos puede proteger al mundo, ayudándole tal vez de manera más incisiva que la solicitud de muchos” [BENEDICTO XVI, Visita a la Casa-Familia “Viva los ancianos” (2-11-2012)]. El santo Cura Brochero nos dejó un precioso ejemplo en este sentido, cuando ya anciano, tomado por la lepra y ciego, le escribía a su amigo, el obispo de Santiago del Estero, Juan Martín Yañiz: “Recordarás que yo sabía decir de mí mismo, que iba a ser tan enérgico siempre, como el caballo chesche [Es un pelaje de caballo] que se murió galopando; pero jamás tuve presente que Dios Nuestro Señor es - y era - quien vivifica y mortifica, y da las energías físicas y morales, quien las quita. 

Pues bien, yo estoy ciego casi al remate, apenas distingo la luz del día y no puedo verme ni mis manos. A más, estoy casi sin tacto desde los codos hasta la punta de los dedos y de las rodillas hasta los pies. Y así, otra persona me tiene que vestir o prenderme la ropa. 

La Misa la digo de memoria y es aquella de la Virgen cuyo Evangelio es «extollens quaedam mulier de turba... ». Para partir la Hostia consagrada y para poner en medio del corporal la hijuela cuadrada, llamo al ayudante para que me indique que la Forma la he tomado bien para que se parta por donde la he señalado, y que la hijuela cuadrada está en el centro del corporal para poderlo doblar. Me cuesta mucho hincarme y muchísimo más levantarme, a pesar de tomarme de la mesa del altar. 

Ya ves el estado a que ha quedado el chesche, el enérgico, el brioso. Pero es un grandísimo favor el que me ha hecho Dios Nuestro Señor en desocuparme por completo de la vida activa y dejarme con la vida pasiva; quiero decir, que Dios me da la ocupación de buscar mi fin y de orar por los hombres pasados, por los presentes y por los que han de venir hasta el fin del mundo” [Conferencia Episcopal Argentina, El Cura Brochero. Escritos y sermones, Buenos Aires 1999, 801- 802]

Hacia la total identificación con Cristo

“Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí” (Gál 2,20). Sabemos bien cuánto ha tenido que recorrer San Pablo para poder hacer esta breve declaración. Y no es el desatino de un pretensioso; es el resultado de una vida entregada e identificada con su Maestro. 

El presbítero mayor camina con Jesús hacia la meta de su propia pascua. Sin duda, como en toda vida humana, esto comporta ciertos temores. Sin embargo, no prima aquí la fatalidad, sino la certeza de recorrer el camino de Aquél a quien se buscó seguir e imitar como cristiano y como presbítero. Creyendo que ningún cristiano muere solo, muere en Cristo, nuestra esperanza (cf. 1 Tim 1,1). 

Es necesario en esta etapa descubrir el núcleo principal del ser sacerdotal, que no está en la sola actividad visible y mensurable. El presbítero mayor percibe con otra claridad que la fecundidad de su sacerdocio no está ligada al hacer, sino al ser. Siempre fue así, pero ahora lo palpa con mayor evidencia; porque no es el ministro el que hace fecunda la misión, siempre es Dios. Es lo que nos susurra la Cruz de Cristo, su ápice de fecundidad ministerial, que en apariencia es sólo incapacidad, inacción y muerte. 

La mayor identificación con Cristo vendrá por la respuesta obediencial (cf. Heb 5,8) como es la suya al Padre. El Señor se lo anticipa a Pedro: “Te aseguro que cuando eras joven, tú mismo te vestías e ibas a donde querías. Pero cuando seas viejo, extenderás tus brazos, y otro te atará y te llevará a donde no quieras” (Jn 21,18). Es el culmen de la llamada vocacional a dejar las redes, que en definitiva es dejar no sólo cosas y personas, sino también dejarse a sí mismo. Así, el sacerdote podrá repetir con su Maestro: “Nadie me quita la vida, sino que la doy por mí mismo” (cf. Jn 10,18). 

El servicio de la Pastoral sacerdotal 

No deberían faltar en las diócesis iniciativas desde el equipo de pastoral sacerdotal para acompañar a los presbíteros mayores. Es importante, sin embargo, aprender a dejarse ayudar y sostener en varios aspectos de la vida en esa etapa. Comunidades y laicos ofrecen su cercanía, pero ello no debe eximir al cuerpo presbiteral de la responsabilidad de estar atentos a los hermanos mayores. Es un tiempo en el que la soledad se hace notoria de una manera nueva, incluso en ocasiones en relación con la familia, por eso es importante que los hermanos sacerdotes se acerquen con gestos que expresen presencia a través de visitas, llamadas, memoria de aniversarios; también procurando integrarlos a las reuniones de decanatos o en instancias diocesanas. 

Si es importante la cercanía del obispo en la vida del presbítero a lo largo de todo el ministerio, en esta etapa cobra especial relevancia, en virtud de las características que le son propias. El ofrecimiento de responsabilidades pastorales adecuadas a la edad y a la experiencia ministerial confirman al sacerdote en la valoración de su persona en la alegría de servir al Pueblo de Dios, manifestando un testimonio de fidelidad y entrega. 

Suele encontrarse en la etapa anterior quienes manifiestan inseguridad frente al futuro en lo que respecta al propio sostenimiento en la ancianidad. Por ello, el obispo como primer responsable, y la pastoral sacerdotal como servidora, han de procurar el amparo de los sacerdotes en esta etapa. Se ha de garantizar el sostenimiento, para lo cual es necesario conocer la situación de cada uno, incluyendo las instancias de previsión que se hayan procurado. La importancia del cuidado integral de la salud requiere atención especial, teniendo en cuenta también el correspondiente impacto en lo económico. 

Las parroquias han de ser lugares naturales de acogida, pero cuando por diversos motivos no se haga posible la convivencia en casas parroquiales con otros sacerdotes, es conveniente contar con casas sacerdotales que ofrezcan una asistencia especial para acogerlos y atenderlos.


4. Agentes de la formación permanente

Junto a la respuesta personal a la obra de la Gracia, está el servicio eclesial en favor de una formación permanente que colabora con nuestra maduración integral y a su vez, el desarrollo de un presbiterio sano, que se compromete corresponsablemente en el crecimiento de los hermanos. En estos procesos actúan los siguientes agentes: 

El propio presbítero 

El principal responsable de la formación permanente es el mismo sacerdote, asumiéndola como un camino de madurez teologal en la que se va revelando una vida llena de sentido marcada por la misión. Si no la abrazamos de manera cordial, valorándola como un don del Espíritu Santo y como tarea, toda propuesta institucional se hará estéril para quien responde con negligente indiferencia. 

El obispo 

Al obispo se le confía la responsabilidad de buscar la santificación del clero sin dejar de ser él mismo, como sacerdote, sujeto de la formación permanente, vivida y celebrada junto a sus hermanos obispos y a sus colaboradores presbíteros. Se hace necesario establecer un vínculo afectivo y efectivo con los presbíteros, generando un clima de confianza, sin el cual toda formación se vería seriamente comprometida. Decía el beato cardenal Eduardo Pironio que “el clero necesita descubrir al «obispo padre». Por lo mismo, el obispo debe querer de veras a sus sacerdotes y entregar a ellos su tiempo… es el primer responsable de la santificación de su clero (con frecuencia puede convertirse en responsable de sus crisis)” [E. PIRONIO, Escritos pastorales, Madrid 1973, 117].

Toda delegación para la atención del clero no podrá nunca suplir la presencia del obispo que, frente a las múltiples demandas, con las tensiones que generan, está llamado a priorizar el encuentro con los sacerdotes, acercándose a cada uno, preguntándoles como están, pregunta sencilla, necesaria y sanante. 

Los gestos del obispo que expresan su solicitud y presencia en la vida de los presbíteros testimonian su caridad pastoral. Esto se expresa en la prontitud para responder a las llamadas de sus sacerdotes con cercanía paterna y fraterna. El Papa Francisco, dirigiéndose a nuevos obispos, les señaló la importancia de esta cercanía, diciéndoles: “por favor, no olviden que los sacerdotes son sus prójimos más cercanos… Si te enteras de que un sacerdote te ha llamado, llámalo el mismo día o al día siguiente. Entonces sabrá que tiene un padre. Cercanía a los sacerdotes, y si no vienen, vete a verlos: cercanía” [FRANCISCO, Homilía ordenación episcopal (17 de octubre de 2021)]. Recuerda, en este sentido, el cardenal Pironio, que san Pablo VI sostenía que “la primera preocupación de cada obispo deben ser sus sacerdotes. Si no hiciera otra cosa más que atender a su santificación y a la eficacia de su ministerio, tendría bien empleado su tiempo y tarea pastoral” [E. PIRONIO, Escritos pastorales, Madrid 1973, 110].

Tan importante como el acompañamiento personal del obispo, es su servicio a la comunión del presbiterio, el cual está llamado a crecer en fraternidad, compartiendo vocación y misión. Procurar un clima de confianza, con una comunicación adulta, transparencia en las relaciones, respeto al misterio de cada persona, ejerciendo la autoridad en clave sinodal, hacen posible una comunidad sana, que favorece el crecimiento de las personas en el camino de la formación permanente. 

El presbiterio 

El presbiterio, presidido por el obispo, constituye una mediación eclesial imprescindible como instrumento de la formación permanente. Estamos llamados a reconocer en él la comunidad en la que asumimos corresponsablemente el compromiso de acompañarnos como hermanos, favoreciendo el crecimiento personal y ministerial de cada uno. Dicha corresponsabilidad es un indicador de la caridad pastoral, la cual como decía el cardenal Eduardo Pironio “es una forma de comunión: inmolación y ofrenda a Dios, donación y servicio a los hermanos, fraternidad sacramental con el obispo y su presbiterio” [Ibíd., 161].

Como presbiterio compartimos llamado y misión, unidos teológicamente por el sacramento que nos ha consagrado para el servicio a Dios y a su Pueblo. La vida sacerdotal no podría entenderse de manera aislada, ya que -en palabras de san Juan Pablo II-, “el ministerio ordenado tiene una radical «forma comunitaria» y puede ser ejercido sólo como «una tarea colectiva»” [JUAN PABLO II, Exhort. Ap. “Pastores dabo vobis”, 17]. La fraternidad es el don que nos une para la misión y que nos hace solidarios en la tarea de ayudarnos a crecer en fidelidad, camino desafiante y arduo, pero al que nunca deberíamos renunciar, yendo más allá de la heridas y frustraciones que podamos experimentar. Como presbiterio estamos llamados a una conversión que nos lleve a celebrar en verdad la belleza de la fraternidad declamada. Ésta se manifiesta, por lo pronto, participando de las distintas instancias institucionales o espontáneas de encuentro con los hermanos. 

Un servicio fraterno esencial es el acompañamiento espiritual, instancia que no siempre es buscada con sistematicidad a medida que avanzan los años, constatándose también la dificultad para encontrar referentes espirituales formados para dicho servicio. 

Es responsabilidad del obispo procurar una formación específica para quienes, revelando un carisma, pueden prestar el servicio fraterno de la dirección espiritual. 

El equipo de pastoral sacerdotal 

Ante la necesidad del Pueblo de Dios de tener presbíteros discípulos, misioneros, servidores de la vida y llenos de misericordia [Cf. CONFERENCIA EPISCOPAL LATINOAMERICANA, Documento de Aparecida, 199]“maduros y bien formados” [CONGREGACIÓN PARA EL CLERO, Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis, 82], se “requiere que la diócesis y las Conferencias Episcopales desarrollen una pastoral presbiteral que privilegie la espiritualidad específica y la formación permanente e integral de los sacerdotes” [CONFERENCIA EPISCOPAL LATINOAMERICANA, Documento de Aparecida, 200]. Para tal fin, cada diócesis ha de procurar la conformación de un equipo de pastoral sacerdotal, presidido por el obispo e integrado, si es posible, por presbíteros que representen las distintas edades y etapas del ministerio, y por quienes revelen una especial vocación para tal servicio.

El equipo constituye ante todo un espacio de reflexión sobre la realidad de cada presbiterio, el cual tiene una identidad y una historia propias. Hay presbiterios que han recibido una misma formación inicial, y otros que reúnen sacerdotes de distintas diócesis de origen. El equipo ha de formular los objetivos y las mediaciones que orienten su acción de manera integral, orgánica y sistemática. 

El itinerario formativo ha de contemplar tanto al presbiterio en su conjunto, como a las distintas etapas de la vida ministerial, que exigen una mirada específica. 

Teniendo en cuenta la especial atención al acompañamiento de los presbíteros en sus primeros años de ministerio, se hace necesaria la articulación entre los equipos de formación inicial y permanente, conscientes de que “la formación de los seminaristas prosigue, naturalmente, en la formación permanente de los sacerdotes, constituyendo ambas una sola realidad” [CONGREGACIÓN PARA EL CLERO, Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis, 1].

Junto a las propuestas comunitarias, se ha de procurar el acompañamiento personalizado en las situaciones que lo demanden. 

Instancias interdisciplinares 

Es importante contar con la colaboración de profesionales que, con sentir eclesial, favorezcan un diálogo interdisciplinar entre la teología, la espiritualidad, la psicología, la medicina y otras ciencias, como aporte a la prevención, en favor de la salud integral de los sacerdotes. 

Cuando se deba recurrir a la terapia psicológica durante el ministerio, se ha de procurar integrarla al acompañamiento espiritual, en el respeto de las competencias, pero teniendo en cuenta que la persona es una y única en su misterio. Salvaguardado el derecho a la intimidad, es un signo positivo cuando el sacerdote se abre con confianza ante aquellos lo acompañan en su crecimiento. 

El Pueblo de Dios 

El Pueblo de Dios no solo es el destinatario de nuestro servicio y entrega; es también un agente de nuestra formación permanente, actuando como mediador de la obra de Dios en nosotros, en la necesidad de seguir siendo evangelizados [Cf. JUAN PABLO II, Exhort. Ap. “Pastores dabo vobis”, 26]. “La gente, con sus situaciones complejas, con sus preguntas y necesidades, es un gran "torno" que plasma la arcilla de nuestro sacerdocio. Cuando salimos hacia el Pueblo de Dios, nos dejamos plasmar por sus expectativas, tocando sus heridas, vemos que el Señor transforma nuestras vidas. Si al pastor se le asigna una porción del pueblo, también es cierto que al pueblo se le asigna el sacerdote. Y, a pesar de la resistencia y la incomprensión, si caminamos en medio del pueblo y nos entregamos generosamente, nos daremos cuenta de que es capaz de gestos sorprendentes de atención y ternura hacia sus sacerdotes. Es una escuela verdadera y propia de educación humana, espiritual, intelectual y pastoral” [FRANCISCO, Discurso en el Encuentro Internacional promovido por la Congregación para el Clero, sobre la Ratio Fundamentalis (7 de octubre de2017)]

La identidad sacerdotal no se comprende sino es desde la pertenencia al santo Pueblo de Dios, viviendo en estrecha relación con él. De aquí que el Papa Francisco afirme que “la relación con el Pueblo Santo de Dios no es para cada uno de nosotros un deber sino una gracia. «El amor a la gente es una fuerza espiritual que facilita el encuentro pleno con Dios» [FRANCISCO, Exhort. Ap. “Evangelii Gaudium”, 272]. Es por eso que el lugar de todo sacerdote está en medio de la gente, en una relación de cercanía con el pueblo” [Cf. FRANCISCO, Discurso al Simposio “Por una Teología Fundamental del sacerdocio” (17 de febrero de 2022)]

La consciencia de esta pertenencia al santo Pueblo de Dios “proporcionará el “antídoto” contra una deformación de la vocación que nace precisamente de olvidarse que la vida sacerdotal se debe a los otros ―al Señor y a las personas por él encomendadas―. Este olvido está en las raíces del clericalismo y sus consecuencias” [Ibíd.].

Con mirada compasiva somos llamados como testigos de la misericordia a acercarnos al misterio de los gozos y sufrimientos del Pueblo al que pertenecemos y se nos confía, dejándonos interpelar por su fe que nos invita a una conversión constante. El afecto del Pueblo de Dios que reconoce al sacerdote como don, se convierte ya sea por el fiel acompañamiento que expresa o por la fraterna corrección que ofrece, en una instancia privilegiada de crecimiento personal en el ministerio. 


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